Cuando entras al Nails Saloon de Walter Reed, lo primero que notas es lo que no hay. No hay olor a esmalte. No hay televisores encendidos. No hay prisa. Hay, en cambio, una pared entera de colores —cientos de esmaltes ordenados como paleta de artista— y a Andréa Vieira, la fundadora, que te recibe como si llevaras años siendo su vecina. Eso, exactamente eso, es el concepto.
Cuando nuestro deputy publisher Rafael Ulloa visitó el local, llegó con libreta en mano y salió con las uñas arregladas por primera vez en su vida. "Primera vez en mi vida de manicure", admitió entre risas. Andrea respondió sin perder el tono: "Es un honor tenerte". No era protocolo. Era el lugar hablando por sí solo.
Un saloon del siglo XXI
El nombre tiene historia. Fue Guillermo, el hermano mayor de Andrea, quien lo bautizó cuando ella le contó su idea: un nail salon donde también se sirvan bebidas. "¿Por qué no le llamas Nails Saloon?", le dijo. La referencia al viejo oeste no es accidental, el saloon era el corazón social del pueblo, el lugar donde corrían las noticias y las conversaciones.
"Queríamos crear un lugar donde la gente pueda venir y estar y, además, hacerse las uñas", explica Andrea.
Su visión no nació en una sala de juntas. Nació de notar lo mecánico que podía ser el servicio de uñas y de imaginar algo distinto: una pausa real en una ciudad que, como bien sabe cualquier residente del DMV, no para.
"Una sala de estar del vecindario", la define ella.
El detalle, lo diferencia todo
Recorrer el local con Andréa es entender por qué la gente vuelve. El sistema de ventilación recicla el aire de forma constante; el resultado es que ni huele el esmalte ni huele la acetona, algo que sorprende a quien entra por primera vez. Los implementos se usan una vez y se descartan, o pasan por un proceso de limpieza hospitalaria.
El bar ofrece café, aguas con sabor, tés, jugos, cerveza, champán y vino. "Los clientes a veces vienen después del trabajo y quieren darse el lujo de una copita de vino", dice Andrea. "Es un lindo momento para conectar". La filosofía es clara: cuando el cliente llega, ya decidió qué quiere. Nadie va a tratar de venderle más.
La pared de esmaltes también cuenta una historia. Conviven líneas tradicionales con marcas libres de los químicos más tóxicos, todas fundadas por mujeres emprendedoras. "Tenemos marcas de mujeres asiáticas, negras, latinas —toda una representación de la cultura de nuestra ciudad", dice Andréa. Para ella, esa diversidad no es decoración. Es identidad.
De $3 en el banco a 180 empleados
Andréa Vieira es brasileña, inmigrante, comunicadora de formación y, desde hace años, ciudadana estadounidense. Cuando en 2014 Vieira abrió el primer Nails Saloon, tenía tres dólares en su cuenta bancaria. Vendió su casa, vendió su carro y tomó proyectos freelance para reunir el capital. El segundo local lo financió con las ganancias del primero. Luego llegó el COVID, compró la parte de su socia y aceleró.
Hoy son cinco unidades en el DMV —tres en DC, una en Virginia, una en Maryland— y aproximadamente 180 empleados. "Bastante más grande de lo que esperaba cuando empecé", reconoce con una sonrisa. Pero el crecimiento no es el fin.
"La idea es que uno pueda venir a este Nails Saloon o a cualquier otro y tener la misma experiencia. Personalizada, pero consistente".
Escalar, dice, ha sido su mayor reto. No abrir locales, sino sostener el estándar en todos ellos.
"Traducir procesos para que todas las unidades tengan el mismo estándar no es fácil".
Ser mujer, latina y emprendedora en el DMV
Andrea no esquiva las preguntas difíciles. Cuando le preguntamos por los mayores obstáculos, el financiamiento aparece de inmediato:
"Las mujeres no reciben financiamiento con tanta facilidad como los hombres. Está cambiando el panorama, especialmente para las mujeres latinas."
El otro reto es el entrenamiento del personal: "Ahí está la salsa secreta de un negocio. Cuando uno va de una localidad a cinco, es súper importante mantener el estándar de calidad".
Y luego está el patriarcado, que Vieira nombra sin rodeos y sin buscar villanos fáciles. "No es ni culpa de los hombres necesariamente, porque también han sido creados dentro de ese sistema". Su apuesta está en la generación que viene, que según ella llega "más preparada para ser igualitaria".
El lugar donde ella misma querría trabajar
La cultura interna del Nails Saloon se nota antes de que nadie la explique. Rafael recuerda la fiesta de aniversario del equipo; el ambiente de familia genuina, nada de protocolo corporativo. "Yo siempre soñé en crear un lugar de trabajo donde yo quisiera trabajar", dice Andrea. Cuando hay un problema con un cliente, nunca se le llama la atención al estilista o la manicurista frente a él. "Se trata de una conversación".
Los empleados tienen buenos salarios, beneficios y permiso real de tener una vida fuera del salón. "Por más que yo sea dueña de esta empresa, mi vida fuera de ella es muchísimo más importante que mi vida acá". El resultado lo mide en momentos concretos:
"Es motivo de mucho orgullo que una colega compre una casa y me mande una foto. Eso tiene un efecto mariposa".
En la entrada del local hay un cartel que dice familia, en español y en portugués. "Así les decimos a nuestros clientes y a nuestro equipo, porque realmente somos", dice Andrea.
Más allá del negocio: comunidad, beca y periodismo
Desde su primer local, Nails Saloon ha donado más de $250,000 a organizaciones locales. La celebración de fin de año del equipo es, cada año, un evento benéfico con la DC Coalition for the Homeless.
"Es nuestra forma de colaborar con una causa y disfrutar de nuestra celebración no solo para nosotros sino para los demás".
Pero el dato que más me sorprende: Nails Saloon tiene una beca de cuatro años en la Universidad de Maryland. Se llama el Nails Saloon Endowed Scholarship y es para periodismo.
"Yo creo que el periodismo está pasando por un momento difícil y me gustaría ver más gente ser periodista", explica Andrea.
No es coincidencia, Andrea estudió comunicación. "La comunicación es tan importante en todo. Me ha ayudado a tener un negocio más exitoso", afirmó.
La manicura que no estaba en el plan
Rafael Ulloa llegó a Walter Reed a hacer una entrevista y terminó sentado en un sillón mientras conversaba de Guatemala, de la cerveza Gallo y del ron Zacapa con una manicurista ecuatoriana que lo recibió con la misma calidez que Andrea. Al final, ella le ofreció una Coca-Cola. Brindaron. "¡Chin chin!", dijo ella.
Eso es el Nails Saloon, un lugar donde uno termina hablando de cosas que no tenía planeado hablar. Y donde la manicura, al final, es solo la excusa.