Los niños también merecen la vacuna. Los mantendrá seguros al igual que a los adultos.

por | Jul 14, 2021

Pfizer ha organizado pruebas de vacunación para niños menores a lo largo de este año. Foto: The Washington Post.

Especial para The Washington PostSaad B. Omer

A medida que los rituales de verano regresan a Estados Unidos, la meta nacional de alcanzar la inmunidad de rebaño contra el coronavirus ha sido en gran medida abandonada. Los estados en cambio se están enfocando en al menos inmunizar parcialmente a por lo menos el 70% de los adultos. Sin embargo, hay un problema con esta estrategia: deja a los niños por fuera. De hecho, algunos padres y doctores han sugerido recientemente que no debe haber urgencia por vacunar a los niños estadounidenses, dados los riesgos de extrañas complicaciones al corazón, el hecho de que el Covid-19 es usualmente leve en las personas jóvenes y la preocupación de que muchas otras personas más vulnerables a nivel mundial aún carecen de la vacuna.

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Pero los adolescentes e incluso los niños pequeños, si la vacuna se aprueba para ellos, deben ser parte de la estrategia si vamos a terminar esta pandemia, por muchas razones – no sólo porque todo el mundo, sin importar la edad, puede infectarse y transmitir el virus del SARS-CoV-2. Un control sostenible del Covid-19 ciertamente requerirá vacunar a los niños. Y los niños tienen el derecho a vivir libres del miedo del virus, también.

La Administración de Medicamentos y Alimentos de EEUU ha aprobado la vacuna para adolescentes de 12 años de edad y mayores, y los fabricantes están probando con dosis más pequeñas para utilizarlas en niños aún más jóvenes comenzando este otoño. Aunque el Covid-19 tiende a ser más tenue o asintomático en los niños, nuevas variantes peligrosas siguen apareciendo, incluyendo la variante delta, la cual es sustancialmente más infecciosa que el virus original y que muchas otras variantes.

Hasta ahora, las vacunas usadas en Estados Unidos parecen estar aguantando el embate de estas nuevas variantes, pero el riesgo que representa el virus para individuos sin vacunar sigue siendo considerable. Hasta este punto, la mayoría de las hospitalizaciones y muertes por Covid-19 han sido entre los no-vacunados.

Apenas el 47% de la población de EEUU ha sido completamente vacunada. Aunque muchos estados han alcanzado el objetivo del 70% de los adultos vacunados con al menos una dosis de la vacuna contra el coronavirus, más estados (particularmente los del Sur) están bastante por debajo de esa meta. La variabilidad de las inmunizaciones a nivel de condados es aún más contrastada. Es difícil imaginar que se le puede ganar suficiente terreno al virus sin vacunar a un porcentaje importante de adolescentes y niños.


Vacunar a los niños eliminaría la necesidad de escoger entre mantenerlos seguros y a la vez restaurar un poco de normalidad para sus vidas. Después de todo, son los niños los que estarán regresando a las aulas este otoño; los niños quienes deben tomar la prueba cada vez que tienen un resfriado; los niños los que deben usar las mascarillas, incluso en un clima caluroso; los niños los que no están disfrutando de sus clases de natación y fiestas de cumpleaños, ya que aún no se han reestablecido en muchas partes de Estados Unidos. Incluso cuando los niños participan en estas actividades, los padres se siguen preocupando por la amenaza latente de la variante del día.

El Centro para Control y Prevención de Enfermedades (Center for Disease Control and Prevention, CDC por sus siglas en inglés) emitió una guía el viernes diciendo que los niños y profesores vacunados pueden tener la opción de ir sin mascarilla a los colegios este otoño – recomendaciones que pudieran abrir nuevos riesgos para niños pequeños si no hay un mecanismo para asegurarse de que aquellos quienes no usan sus mascarillas realmente han sido vacunados.

Dado el riesgo sustancialmente más alto de hospitalización y muerte por Covid en las personas mayores, fue apropiado dar prioridad a los adultos – particularmente a los adultos mayores – en las primeras etapas del proceso. La Organización Mundial de la Salud continúa recomendado que se prioricen varios grupos de adultos para el primer 50% del suministro de vacunas. Sin embargo, Estados Unidos ha tenido suficientes suministros a la mano para vacunar a toda su población.

¿Y que se puede decir de la igualdad en el acceso global a las vacunas? ¿Deberían las personas jóvenes en Estados Unidos ser vacunadas cuando aún hay tantos individuos mayores sin vacunar en países de ingresos bajos y medios? Este enfoque trata a la igualdad en la vacunación como un juego de suma cero, pero no lo es.

Incrementar el acceso global a la vacuna va a requerir multiplicar la producción y distribución a niveles mucho mayores tanto en Estados Unidos como a través de la transferencia tecnológica global, con las dosis donadas por países de altos ingresos como una estrategia a corto plazo. Estados Unidos debe redoblar urgentemente los esfuerzos por incrementar el acceso global a la vacuna.

Pero quitarles a las personas jóvenes en EEUU el acceso vacunarse tan sólo resultaría en una pequeña fracción de las dosis adicionales que el resto del mundo necesita. Y si hay un incremento sustancial en los casos de hospitalización en los Estados Unidos – un país que ya tiene una de las cifras de muertes más altas de la pandemia – la presión doméstica sobre el gobierno es probable que haga decrecer la voluntad para priorizar el acceso global a la vacuna.


Como muchas otras de las decisiones sobre las políticas implementadas durante esta pandemia, vacunar a las personas jóvenes es un reto. Aunque las personas jóvenes tienen un menor riesgo de desarrollar efectos severos por Covid-19, vacunarse es la elección racional para beneficio propio y también para beneficio de la sociedad. Un regreso a una cierta normalidad y el retorno a las escuelas, deportes e interacciones sociales sin miedo de ser contagiados por el virus es lo menos que podemos hacer por aquellos responsables de nuestro futuro.

Información del Autor:

Saad B. Omer es director del Yale Institute for Global Health y profesor en la escuela de medicina y salud pública de Yale University.

Lea el artículo original aquí.



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