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Los números, la Unión y la fortaleza

En los años 90 del siglo pasado, Henry Cisneros, el entonces secretario de la Vivienda y Desarrollo Urbano en el gobierno del presidente Bill Clinton, dijo que se había dado cuenta de que los latinos habíamos triunfado en Estados Unidos cuando se hizo público que la salsa se estaba vendiendo más que el ketchup en algunos partidos de béisbol.

A partir de ahí se empezó a hablar de la “latinización” de Estados Unidos. Al final, la demografía es siempre un destino en este país. Pero no hay nada que temer, dicen los expertos. El educador Raúl Echevarría, quien es el fundador de un preescolar en DC y Fairfax, Virginia, en el que los niños viven idiomas y culturas diferentes a las de su hogar, como el español o el chino, sólo ve oportunidades en el aumento poblacional latino.

“La multiculturalidad estadounidense nos ayuda a formar al ciudadano global del futuro”, dijo Echevarría a El Tiempo Latino.

El Censo proyecta que la población hispana del país llegue al 31 por ciento del total en unas cuatro décadas. Mientras, el empresariado hispano sigue creciendo. Las compañías propiedad de hispanos contribuyen hoy con más de $465 mil millones al país, según Javier Palomarez, presidente de la Cámara de Comercio Hispana de Estados Unidos. “Somos el futuro económico de este país”, dijo.

Y el CEO de la Cámara de Comercio Hispana de Virginia, Michel Zajur, recuerda que Fairfax es sede de un alto número de empresas hispanas pertenecientes al Fortune 500.

Sin duda, vendemos más que salsa, somos más que estrellas del espectáculo,  y la gran mayoría de los 53 millones de hispanos tienen pasaporte de Estados Unidos o estatus de residentes legales.

Nada que temer. Se trata tan solo de la americanización de Estados Unidos.


EN PRIMERA PERSONA

Un viaje familiar hacia la identidad

Por Milagros Meléndez-Vela

El Tiempo Latino

Ser hispano abarca un concepto muy personal, una definición única de aquéllos con un origen en Latinoamérica o Iberoamérica y que viven en Estados Unidos.

Antes de emigrar a este país desde mi natal Perú  nunca se me había pasado por la mente definirme dentro de una comunidad étnica. Era limeña, de tez clara, raza mestiza. Y punto.

Aquí, soy hispana, una de los 53 millones que viven en el país, de los que vinieron por avión con una visa o cruzaron la frontera sin permiso,  o de aquéllos que nacieron aquí. Los que representan un abanico de raíces culturales: lo blanco, lo negro, lo mestizo, lo asiático, y cuantas más se quieran definir.

Soy hispana de primera generación y vivo en el área metropolitana de Washington, D.C. Una inmigrante que tiene el privilegio de ser parte de una comunidad numerosa y bien establecida. Y que por ello, puedo degustar en un restaurante un plato típico de mi país: un “lomo saltado”, un “pollo a la brasa”, o un  “ceviche”.

Los peruanos en el área somos cerca de 100 mil personas, según fuentes del consulado general de Perú.

Soy hispana, quien ha echado raíces en este país y que pese a no olvidar mi terruño, amo Estados Unidos, su gente, tradiciones y costumbres.

Estoy entre el millón de personas que en 2008 rompió un récord al convertirse en ciudadanas estadounidenses.

Soy uno de esos padres que por más que fuerzan a sus hijos a hablar en español, terminan entendiéndose con ellos en “spanglish”. Y que por más que quiera semejar mi casa al hogar en que crecí, me acostumbro a que mi hija tenga licencia de conducir a los 16 años y a la idea de que se vaya de casa —no porque se case, sino porque siga su sueño de estudiar.

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