Misión cumplida: Después de un mes, en la Plaza do Obradoiro en Santiago de Compostela. Toda una capital espiritual.



Cort. AAC

Misión cumplida: Después de un mes, en la Plaza do Obradoiro en Santiago de Compostela. Toda una capital espiritual.



Cort. AAC

Un indicador del Camino en la provincia de Lugo en Galicia.



CORT. AAC

Milagro en El Camino: Estoy junto a dos señoras americanas con las que fui coincidiendo a lo largo del Camino. La más bajita se puso bastante enferma en los últimos días pero no quiso dejar el Camino; los dos últimos días tuve casi que hacer de enfermero de ella le dijeron que tenía un principio de septicemia y que si hubiera llegado dos o tres días más tarde podía haber muerto!

¡Lo conseguí! ¡I made it!

Este fue el mensaje que envié a mi familia y amigos cuando llegué a Santiago de Compostela. Era el día uno de octubre de 2014. Acababa de cubrir en 33 días los 760 kilómetros que separan Santiago de Roncesvalles en el Pirineo navarro. Una experiencia intensa y llena de momentos muy gratificantes. Para mi significó cumplir un sueño que, como buen gallego, llevaba dentro desde mis años jóvenes. Fue también, después de 10 años viviendo en Estados Unidos, un reencuentro con mis raíces, nunca perdidas pero sí un poco dormidas. Y el redescubrimiento de una España rural pobre pero maravillosa por la que va discurriendo gran parte del Camino.

No es fácil explicar lo que sentí al llegar a Santiago. Fue una mezcla de sentimientos que me desbordaban. La emoción de la llegada, de la Misa del Peregrino y al recibir la Credencial de Peregrino; la satisfacción por haberlo conseguido, la belleza y los recuerdos de la ciudad, el dolor de las despedidas, el vacío del mañana (¡ya no hay que andar!). Una sensación extraña era sentir cómo el cuerpo quería continuar, pero las piernas decían basta…. Ganaron las piernas.

La ciudad del Apóstol parecía haber vestido sus mejores galas para recibirme. Era un día soleado, no caluroso, con un cielo parcialmente cubierto de nubes que lo adornaban. Santiago era ese día una ciudad muy viva, llena de turistas y peregrinos que parecían andar sin rumbo disfrutando sus calles, sus monumentos y su ambiente. Eso hice yo durante un par de horas después de recibir la credencial. En la plaza del Obradoiro la fachada de la catedral, cubierta de andamios para su restauración, parecía desmerecer el recuerdo de otras ocasiones en que la había visitado, pero al entrar en la catedral para la Misa del Peregrino la pequeña decepción fue enseguida sustituida por la gran admiración que siempre he sentido por ella.

El Camino es una mezcla de experiencias y sensaciones todas ellas muy especiales: el disfrute del paisaje que cambia a veces casi cada hora; el contacto con gentes de muy distinta condición y origen (en mi caso la mayoría de las personas con las que me crucé eran extranjeras y, curiosamente, no europeas) y con motivaciones muy dispares para hacer el Camino. La variada riqueza monumental que uno descubre a lo largo de los días; la satisfacción y a veces sufrimiento físico que uno experimenta. Y la emoción de la llegada a Santiago. Encuentros con amigos antes de empezarlo, en ruta o al terminar el Camino y el día, muy especial, en que uno de mis hijos pudo hacer una etapa conmigo fueron un añadido muy grato a esta gran experiencia.

Disfruté mucho el paisaje cambiante, desde las cumbres pirenaicas hasta las colinas gallegas, pasando por los valles navarros, las llanuras castellanas, las ondulaciones leonesas y, con la excepción de O Cebreiro y Poyo, las más suaves gallegas con su intenso color verde, sus prados y los restos aun abundantes de la vegetación autóctona, especialmente los castañares, que me traían recuerdos de mi infancia. Al entrar en Galicia la emoción que sentí hinchó literalmente mis pulmones. Aunque viví pocos años en mi tierra, mi infancia gallega y mis largos veraneos en ella llenaron mi alma de recuerdos y añoranzas que aun perduran.

Las gentes con quienes uno comparte de uno u otro modo la aventura o a las que encuentra en los lugares por los que pasa son una parte muy importante de la experiencia (el Camino atraviesa más de 200 poblaciones, la gran mayoría pequeñas aldeas). Este contacto humano es sin duda una de las joyas del Camino. Recuerdo mi conversación, breve pero sustanciosa, con un paisano de 90 años en una de las primeras aldeas de Galicia; estaba trabajando en su huerta con su azadón pero levantó la vista para saludarme. Charlamos unos minutos y me maravilló su actitud vital. Un buen ejemplo: “La felicidad no nos la regala nadie”, me dijo, “la llevamos dentro, pero tenemos que saber sacarla”. Qué filosofía más sabia. Él sin duda parecía ser un hombre feliz.

Los monumentos que uno va encontrando a lo largo del Camino son otra maravilla. Burgos, León y Santiago alcanzan la cota más alta con sus magníficas catedrales y ciudades monumentales, llenas de joyas arquitectónicas y de gran valor histórico. Pero las pequeñas iglesias románicas o la arquitectura popular que uno descubre en las aldeas o en su cercanía emocionan también por su belleza. La monumentalidad del castillo templario de Ponferrada o el palacio de Gaudí en Astorga son otras de las muchas joyas arquitectónicas que ofrece el Camino.

Hice el Camino sólo; había leído que era la mejor manera de recorrerlo y ahora, después de hacerlo, soy un convencido de ello. Caminando solo hay tiempo para reflexionar sobre lo divino y humano, reconocer los valores de nuestra vida, recordar de manera positiva a tu familia y amigos y disfrutar más intensamente el paisaje. Pero uno, salvo que lo desee, nunca está solo del todo. Hoy el Camino está bastante concurrido y el peregrino va coincidiendo con otros a lo largo del día.

Más en las últimas etapas, porque se unen los peregrinos que empiezan después de Burgos, León, Ponferrada o Sarria. En mi andar rápido he adelantado a muchos; siempre los he saludado (Buen Camino es el saludo tradicional, también de los extranjeros), he charlado unos minutos y después he continuado a mi ritmo.

La jornada es larga y es fácil que uno los vuelva a encontrar al hacer un descanso, a la hora de comer o al llegar al destino del día, en el albergue o en la cena. La conversación se reinicia y se comentan las incidencias del día o del Camino. O te cuentan su vida. La gran mayoría de los caminantes son abiertos y comunicativos. La magia del Camino contribuye a ello.

¿Cómo es posible sino que una señora canadiense a quien acabo de conocer me cuente que tiene cáncer y que la operarán cuando regrese?¿O que una holandesa me diga que en la siguiente etapa se va a reencontrar con su marido, del que lleva separada casi 10 años, para hacer unas etapas juntos y decidir si vuelven a compartir sus vidas? (Me pregunto qué habrá sido de ellos).

¿O que un señor irlandés, George, me cuente de manera espontánea sus planes cuando regrese a casa? La solidaridad es también parte del Camino; todos están dispuestos a ayudar si es necesario y comparten sus experiencias, cremas y consejos para tratar las ampollas (un acompañante casi inevitable del peregrino), para hacer la mochila o para ayudar a un enfermo.

He encontrado personas muy interesantes, la mayoría extranjeras porque también eran extranjeros la gran mayoría de los peregrinos con quienes me he cruzado. Al principio me sorprendió encontrar tantos canadienses, estadounidenses, australianos o coreanos. La magia del Camino llegó hasta ellos a través de la experiencia de otros contada en libros, artículos y reportajes o por la película The Way (El Camino) del actor Martin Sheen y dirigida por su hijo.

El Camino deja una huella imborrable y unas amistades probablemente duraderas. Os lo recomiendo a todos, independientemente de cuál pueda ser vuestra motivación para emprender la aventura.

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