Foto: Archivo / Facebook de Capital Area Food Bank

POR OLGA IMBAQUINGO - ESPECIAL PARA EL TIEMPO LATINO

La gran paradoja americana es que en el epicentro del mayor desperdicio de alimentos en el mundo, antes de la pandemia unos 37 millones de habitantes de Estados Unidos vivían hambrientos o mal comidos.

Si en los tiempos pre pandemia no estaban tan a la vista esas interminables colas por unas libras de arroz, pollo, zanahorias, cebollas y algo de fruta, no quiere decir que en el país no había hambre. La emergencia sanitaria lo que ha hecho es aumentar a 52 millones de personas que no tienen asegurado su siguiente almuerzo y cena.

La diferencia entre los que tienen las refrigeradoras llenas y los que no tienen nada o casi nada, es que la inmensa mayoría son las minorías de color, los viejos, los pobres y las personas con discapacidades. A esta conclusión arribó la conferencia sobre políticas organizada por el Instituto del Caucus Hispano en el Congreso de Estados Unidos (CHCI).

El panel virtual “Inseguridad alimentaria entre los adultos mayores: más allá del COVID-19”, dejó claro que los beneficiarios de Medicare sobre los 65 años son los que más dificultades tienen para asegurarse una dieta ideal y suficiente.

Uno de cada cuatro latinos

Fabián Lucero, miembro del CHCI y moderador del panel, puntualizó que en el 2018 unos 60 millones de personas estaban enrolados en Medicare, el 87% de esos mayores sufría alguna enfermedad crónica -presión alta, alto colesterol, diabetes, fallo cardíaco- derivada de su alimentación.

En el país que se precia de ser el más rico del mundo, una de cada 10 personas sufre de inseguridad alimentaria crónica, pero ya hablando de etnias, uno de cada cuatro latinos no tiene suficiente dinero para adquirir una canasta familiar básica y de calidad.

Para el congresista de Massachusetts, Richard Neal, la crisis alimentaria en Estados Unidos desde 2000 ha puesto a millones de personas a elegir entre salud y alimentos. “Este es un problema que exige soluciones multisectoriales, porque continuará después de que termine la pandemia. Para eso se aprobó el plan de rescate, para una vez que se controle al virus se organice la recuperación del país basado en una economía más justa”.

Entre elegir comida o medicinas

“Tenemos que empezar en la niñez y juventud para no resentir a la salud. Las consecuencias de la malnutrición están a la vista: casi la mitad de los adultos estadounidenses, unos 117 millones, tiene una o más enfermedades crónicas prevenibles, asociadas a una pésima alimentación y falta de actividad física”, dijo Nancy Muñoz, dietista y asistente de los servicios de nutrición del Sistema de Salud de Veteranos de Nevada.

Según ella, estas condiciones pueden mitigarse y hasta preve nirse con una adecuada nutrición. La más generalizada de ellas es la obesidad, causante de otras enfermedades como la hipertensión y los infartos. “En 2019, el 45% de adultos mayores tenía sobrepeso, pero la verdad es que para muchos la malnutrición es algo constante”.

La falta de proteínas y minerales en los adultos mayores es la causa de aumento de caídas, ruptura de huesos e infecciones. Lo lamentable, según un estudio del 2014 de Feeding America, la organización con la red de bancos de alimentos más grande, es que el 63% de la población tuvo en algún momento que elegir si comprar comida o medicinas.

Los abuelitos más afectados

El hambre constante afecta al 15% de los latinos pobres y para un 19% de la población el supermercado más cercano está a varios kilómetros de distancia, es más caro y tiene poca variedad.

“La solución urgente es aumentar y mejorar el programa de suplemento nutricional (Snap)”, dijo Lynda Flowers, consejera del Instituto de Políticas Públicas de AARP. Snap antes era conocido como Food Stamps.

A quienes más les cuesta recuperarse de los impactos económicos es a los adultos mayores. Erin McGovern, directora de programas del Centro de Acceso a Beneficios, indicó que antes de la pandemia unos 5.3 millones de ancianos no tenían aseguradas sus comidas diarias. Con un agravante: “durante esta emergencia millones más que no sabían lo que era inseguridad alimentaria lo están viviendo en carne propia por primera vez”.

Ella coincidió con Flowers de que urge fortalecer el programa de estampas de comida. “Así los viejitos no tendrán que elegir entre sus medicinas y un plato de comida”.

Aún con esta alternativa, la solución no es fácil, porque la mitad de los que pueden ser elegibles no están dentro del programa y esto, según McGovern, es “porque piensan que otros necesitan más que ellos, creen que solo es para niños, no saben que los supermercados reciben esas estampas y temen que las aplicaciones son engorrosas”.

El banco de alimentos al auxilio

Las aplicaciones para las ayudas federales de alimentos están en español y programas de entrega de alimentos a pie de calle como los de los bancos de alimentos pueden solicitarse en este idioma.

“Hay muchas cosas que podemos hacer, lo primero es preguntar”, dijo Radha Muthiah, directora ejecutiva de Capital Area Food Bank.

Muthiah confirmó lo que está a la vista en los centros de distribución de alimentos: “la pandemia aumentó la falta de comida en el área metropolitana. El 85% de los que sufren hambre pertenece a las minorías afroamericana y latina. Antes del coronavirus DC tenía un 14% de su población mayor sin alimentos seguros, ese era uno de los porcentajes más altos en el país”.

Para cubrir esas necesidades y las de un 40% más que por primera vez en DC se enfrenta a la falta de víveres, la red del Banco de Alimentos empezó a distribuir cajas de comida bajas en sodio y azúcares, altas en proteína, vegetales y fibra, frente a las casas de los ancianos.

A la par eso va acompañado de recetas de cómo prepararlos.

Puesto que comida también significa cultura y tradiciones, el Banco de Alimentos ahora está entregando alimentos más conocidos entre los latinos y no siempre son crudos. Gracias a sus alianzas en muchos casos la comida llega preparada de acuerdo a los hábitos y necesidades.

No se precisa de una bola de cristal para saber que cuando la pandemia sea un mal recuerdo, la inseguridad alimentaria seguirá atacando a los más viejos y pobres. Sin soluciones a largo plazo, el hambre será más lacerante que el propio coronavirus.

Muthiah lo sintetizó mejor: “esta será una larga maratón que va más allá de 52 semanas y aspiramos a no retroceder a los tiempos de antes de la pandemia porque ya eran terribles”.