ASISTENTE. Imelda Rosales es asistente médica en Arlington Preclinical, un centro de salud comunitario que atiende a la población inmigrante. | FOTO: Cort. Imelda Rosales

Por Olga Imbaquingo - Especial para El Tiempo Latino

¿Otra vez tengo que lidiar con el tráfico?, ¿Cómo me desacostumbro del maravilloso tiempo que he compartido con mi hija?

Estas son solo dos de las tantas preguntas que estos días rondan en la cabeza de Imelda Rosales, asistente médico de Arlington Preclinical.

La profesional de la salud tuvo que adaptarse a la normalidad de la pandemia. En ese proceso se habituó a trabajar ocho o más horas diarias, lidiando con la tecnología para que los pacientes, la inmensa mayoría hispanos, no pierdan sus citas con los doctores a través de la telemedicina. En los entretiempos sigue siendo madre, profesora de kindergarten, esposa y ama de casa. Los fines de semana han sido para limpiar, lavar la ropa, leerle y jugar con su pequeña Ariel.

“Ha sido un tiempo muy duro y no veo que llegue septiembre para que mi niña vaya al kindergarten, pero si me ponen a elegir estaría más que feliz de quedarme a trabajar en casa, porque pese a que ha sido un año agotador es impagable el tiempo que he compartido con mi hija y mi esposo Jonathan”.

La confianza que da la vacuna

A través de su trabajo ha visto la evolución física y emocional de los pacientes en tiempos de pandemia. De las dificultades para adaptarse a la telemedicina, ahora se ha pasado a la confianza que les da la vacuna y no entienden por qué su doctor aún no los quiere ver en persona. Del miedo de los enfermos de cáncer, diabetes o hipertensión a contagiarse con el virus a la aparente calma que les da la vacuna. De los despidos y el temor a no tener nada que poner en la mesa a la queja de que todavía no tienen suficientes horas de trabajo, los salarios son los mismos pero los precios en el mercado todos los días suben.

Hablando de salud, Rosales, quien llegó desde México a los siete años de edad, es la primera persona de confianza que escuchan al teléfono, la que entiende sus frustraciones frente a la tecnología de la telemedicina y a la primera que le dejaron saber que se contagiaron, la que se preocupó de que cumplan la cuarentena y tengan alimentos, la que no olvida hacer las citas para los exámenes de laboratorio de los pacientes con enfermedades crónicas y la que les calma sus preocupaciones informándoles que toda la atención allí es gratuita.

Cansados de la telemedicina

“Desde que me gradué llevo trabajando ocho años en este lugar.

Somos una clínica comunitaria y los pacientes que vemos son pobres, no tienen seguro ni documentos. En cuanto a la vacuna, algo más del 50% ya se la ha puesto o se la va a poner, especialmente los que sufren de enfermedades incurables. Pocos han expresado que sus hijos les han dicho que vacunarse no es una buena idea, pero lo positivo es que la mayoría nos escucha a nosotros, nos cree y acepta el consejo de dejarse vacunar”.

Una vez vacunados, surge otro inconveniente: los pacientes no entienden por qué no pueden ir al consultorio y ver al doctor, están cansados de la telemedicina. “Están en lo correcto, pero la clínica no ofrecerá atención presencial sino hasta septiembre. Hay que tomar en cuenta que muchos de los doctores son voluntarios y aún no están listos para volver”.

Arlington Preclinical se financia gracias a donaciones, no recibe ayuda federal y la mayoría de los pacientes son inmigrantes latinos, principalmente de Centroamérica. Esos pacientes trabajan en construcción y en pequeños negocios y, para muchos, su condición de indocumentados no les permite aplicar para medicare y medicaid.

Las quejas más frecuentes

Hasta ella también empiezan a llegar las lamentaciones de que una vez insertados laboralmente tienen que cancelar la cita virtual con el doctor porque no se atreven a pedir permiso. Otros, sobre todo las mujeres, al no tener con qué pagar la atención de cuidados infantiles de sus hijos no pueden reinsertarse al mercado laboral. “Esa es la queja más frecuente en estos días, seguida de la ansiedad de ir al mercado, gastar mucho y regresar con poco. Ahora es menos sobre ‘cómo voy a pagar las cuentas’ y más ‘¿por qué todo está tan caro si el salario es el mismo?’”.

En cuanto al coronavirus, se escucha mucho entre los pacientes que se contagiaron y se curaron, que no se les van aún los ahogos por falta de oxígeno y la tos. La ansiedad, producto del aislamiento y la soledad a causa de la pandemia, parecería que está en franca retirada, al menos para algunos pacientes de esta clínica comunitaria. El poder reunirse con sus familiares más cercanos, gracias a la vacuna, les está devolviendo la alegría.

No Quieren Volver

Además de las preocupaciones de los 30 pacientes con los que a diario entra en contacto esta asistente médico, en su mente también abundan interrogantes.

“Mi gran inquietud es que ya no tendré la ayuda de mi madre, quien vivía al otro lado de la calle. No habrá nadie quien me auxilie en caso de una emergencia.

No me seduce la idea de volver a los 45 minutos de tráfico entre Arlington, donde trabajo y Alexandria, donde vivo. En este tiempo he aprendido a valorar cada minuto de compartir con mi hija y eso voy a extrañar”.

Debido a la crisis sanitaria, millones de trabajadores en Estados Unidos tuvieron que adaptarse a trabajar desde el hogar, crear una rutina y acomodarse a un nuevo estilo de vida. Lo hicieron, se acostumbraron y ahora hay que hacer lo contrario. “Tengo una colega que no quiere volver a lo de antes, porque al igual que yo, descubrió que trabajar desde casa da la libertad de crear un horario. Otra colega tiene que cuidar de su madre y el trabajar desde casa ha sido una bendición porque le da flexibilidad”.

En su cabeza ronda otra pregunta, esta con atisbos de posibilidad:

¿por qué no establecer horarios mixtos de dos días en la oficina y tres en casa? “Eso sería maravilloso, yo lo haría con gusto”, dice. Las noticias de estos días, hablan de que quizá millones de trabajadores, como Rosales, se darían por satisfechos de seguir trabajando desde casa indefinidamente.