President Joe Biden has taken steps to increase the availability of rapid tests, but health experts say more needs to be done. MUST CREDIT: Washington Post photo by Demetrius Freeman
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Especial para The Washington Post - Richard Morgan

El enfoque competente de "adulto en la sala" del presidente Joe Biden ante la pandemia ha matado a casi tantos estadounidenses como el infantilismo pandémico del presidente Donald Trump.  En los 326 días desde el 29 de febrero de 2020 hasta el 20 de enero de 2021, 402.269 estadounidenses murieron de Covid-19 durante el mandato de Trump. El domingo pasado marcó el día 326 desde la toma de posesión de Biden y ese número de muertos está a punto de ser superado: el domingo por la tarde, había 392.357 muertes durante el mandato de Biden.

Ambos presidentes experimentaron importantes ventajas y desventajas durante la pandemia. Trump, como el resto del mundo, fue tomado por sorpresa. Pero también fue incompetente hasta el límite de la negligencia en el cumplimiento del deber, e incluso fue infectado por el propio virus. Trump tuvo una ventaja, sin embargo, al presidir durante la única vez que en Estados Unidos, y quizás en el mundo, se ha aplicado el distanciamiento social y los confinamientos de manera tan contundente. La gente cantaba "feliz cumpleaños" cada vez que se lavaba las manos. Hacían sus compras a la medianoche. Aplaudían a los trabajadores esenciales todas las noches a las 7pm. No salían de sus hogares. ¡Renunciaban al sexo!

Por el contrario, Biden, elegido después de prometer que llevaría a cabo una gestión responsable frente a la pandemia, ha tenido la ventaja de presidir en gran medida una época en la cual las vacunas están disponibles y en abundancia. Pero su marcha hacia el progreso ha tenido un terreno irónicamente más rocoso: reaperturas torpes, a menudo apresuradas y mutaciones más fuertes del virus, incluidas las variantes Delta y Ómicron.

Ambos presidentes también han tenido momentos caricaturescos: Trump divagó sobre la posibilidad de inyectarse cloro como cura. Biden organizó una fiesta del 4 de julio en la Casa Blanca con cerveza gratis y el presidente de Hollywood, Bill Pullman, con la esperanza de independizar a Estados Unidos del virus para el Día de la Independencia, algo que nunca estuvo cerca de lograrse.

Independientemente de las diferencias que los estadounidenses puedan tener respecto al impacto que ha tenido cada presidente en sus vidas, sus cifras pandémicas han sido aproximadamente equivalentes: un promedio de 1.218 compatriotas muertos por día, independientemente de quién esté en el poder. Casi una muerte por minuto. La inmunidad más importante de nuestra pandemia es la siguiente: el virus es inmune a la política. Ya sea en Gran Bretaña o Israel, Australia o India, Japón o España, Suecia o Vietnam, ningún sistema de gobierno ha prevalecido.

"La gente dice: ‘me estoy basando en la ciencia', pero eso deja mucho margen de maniobra. La sociología y la psicología también son ciencias. No sólo la virología", dijo Robert Wachter, médico y profesor de medicina de la Universidad de California en San Francisco. "La gente dice 'mejores prácticas', y eso es sólo un camuflaje para lo que crees que es lo correcto".

Detalla la extraña dinámica de este momento: "Uno hubiera pensado que las muertes en Florida y Texas serían mucho más que en California basadas en la política pública. Y son más, pero no por tanto en base a cifras de muertes per cápita.

“Hay muchas cosas que no entendemos", dijo. "Una de ellas es este extraño equilibrio de la pandemia, que es que si actúas 'mal' – no estás siguiendo la ciencia, ya sea con mascarillas o vacunas – en algún momento te vas a infectar. Pero la gran mayoría de los que se infectan no mueren y obtienen cierto nivel de inmunidad. Es por eso por lo cual ahora tenemos una situación interesante a nivel nacional. Dependiendo de la calidad de la inmunidad y su duración, el nivel de protección de las regiones que han actuado "bien" y de las regiones que han actuado "mal" no son tan diferentes entre sí. Pero es metaestable. No va a durar. Ómicron puede reírse de nosotros con todas estas cosas".

A nivel estadal, por supuesto, no ha ayudado que en California y Nueva York se hayan manejado las cosas tan mal como en Florida y Texas. En California, el gobernador Gavin Newsom (Demócrata), quien habitualmente se comprometía a gobernar basado en la ciencia, fue visto retozando sin mascarilla en una fiesta de cumpleaños en el restaurante French Laundry. Y el exgobernador de Nueva York, Andrew M. Cuomo (Demócrata), escribió un libro sobre liderazgo pandémico mientras ocultaba las muertes por Covid-19 de personas mayores en los centros de cuidado para jubilados, abriendo restaurantes por completo el 14 de febrero como una "carta de amor" a la asediada industria, y lamentándose de los hospitales abarrotados después de haber cerrado hospitales durante años. Eso no es ciencia y, afortunadamente, ahora tampoco es gobernanza.

En todo el país, ha habido muchas actuaciones retorcidas o viles. Los más exitosos feligreses en luchar contra el mandato de las mascarillas vinieron de California. Mientras tanto, la gente en la península superior de Michigan caminaba diciendo "Me identifico como completamente vacunado" a pesar de vivir donde la tasa de positividad de la prueba era sorprendentemente alta, del 29 porciento, no mucho más baja que la tasa de vacunación completa, sorprendentemente baja, del 35 porciento.

Los trabajadores de primera línea en todo el país – esas mismas personas a las que aplaudimos todas las noches – se resistieron o rechazaron las vacunas. En Indiana, mientras los estudiantes universitarios luchaban contra una orden de vacunación obligatoria, el semidiós juez conservador Frank Easterbrook los aplastó en la corte de apelaciones diciendo: "las personas que no quieren vacunarse pueden ir a otra parte", lo que luego fue respaldado por la jueza Amy Coney Barrett, quien mantuvo el asunto fuera de la consideración de la Corte Suprema.

Hombres homosexuales blancos retozaban hombro con hombro (entre otras cosas) en Fire Island - y en Puerto Vallarta, y en julio en Provincetown, Massachusetts – y posteriormente un estudio de los CDC reveló que 346 de 469 de los nuevos casos de coronavirus en el brote de Massachusetts fueron en personas total o parcialmente vacunadas.

En San Francisco, el alcalde London Breed asistió sin mascarilla en un club nocturno, y la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, recibió un secado de cabello en una peluquería sin llevar mascarilla. En toda la ciudad de Nueva York han florecido las fiestas ‘raves’ ilegales. Así es como estamos en Estados Unidos: las aerolíneas de los cielos amistosos son las que han mostrado dientes pandémicos aún más afilados que el Pentágono. En muchos sentidos, las viejas ideas de nosotros contra ellos se han evaporado en una nueva niebla de guerras culturales pandémicas.

Pero también ha sucedido algo más en Estados Unidos durante la pandemia: un reconocimiento lento pero seguro contra la desigualdad y la injusticia, ya sea en lo que respecta a temas tan inflamatorios como la raza o tan tediosos como el lugar de trabajo.

La pandemia ha demostrado que, a pesar de nuestro hábito de dividirnos entre rojo y azul; negro contra blanco; rico contra pobre; urbano versus rural; cristiano contra no creyente; inmigrante vs. ciudadano; o empleado versus desempleado - la verdadera división en este país es entre los vivos y los moribundos.

Aquellos entre los vivos (políticos, legisladores, cabilderos, los plutócratas enclaustrados de la academia y Hollywood y grandes abogados y Silicon Valley y Wall Street, así como los periodistas) ahora están en gran parte libres de preocupación. Para la mayoría de ellos, la pandemia es más una curiosidad que una emergencia, más un acertijo que una ruina. Es posible que se preocupen por la infección o la muerte, pero ya no centran sus vidas en el verdadero miedo (con la excepción de aquellos que tienen hijos menores de 5 años o seres queridos inmunodeprimidos).

En cambio, están pensando en sus reservaciones en Carbone durante la Art Basel, asientos de orquesta en Broadway y esquí volcánico en Hawái.

En marcado contraste, los moribundos, desde los trabajadores de los almacenes hasta los antivacunas, los inmigrantes indocumentados, los prisioneros, las multitudes de trabajadores del comercio y de la hostelería, están atrapados en una dimensión paralela cuyos términos (y segregación) son dictados por los vivos, que van desde el miedo sin límites hasta la intrepidez sin límites.

Todas las distintas desesperaciones de los moribundos comparten una verdad en común: muestran signos de personas al borde del colapso que se sienten acosados por un arrendador sin escrúpulos, un policía racista, un jefe déspota, o la obligatoriedad de inyectarse con una vacuna apresurada. Estados Unidos es un drenaje, que cada vez drena más, y la pandemia ha hecho que ese drenaje sea más grande e intenso para quienes viven en su periferia. Como le gusta decir a Biden, los moribundos "luchan endemoniadamente". Pero en la Biblia los endemoniados pierden la pelea.

Los moribundos ven caer sobre ellos varias bombas de tiempo: aplastantes: créditos estudiantiles, desalojos masivos, estatus migratorio diferido, atención médica restringida, cobro de deudas ampliado, un boom inmobiliario que nunca se aplica a las viviendas públicas o asequibles. Los únicos resultados reales son la masacre o la amnistía de un Plan Marshall interno que nunca va a darse, y a la vez los vivos comentan – con engreimiento en vez de introspección – para quejarse de que "nadie quiere trabajar”, mientras ellos viven de ingresos pasivos o disfrutan de beneficios de seguridad social provenientes de fuentes tan variadas como las pensiones, la reorganización de distritos electorales, los fondos fiduciarios o las posiciones vitalicias.

Por tanto, San Francisco es seguro, a menos que seas asiático.

Los Ángeles es divertida nuevamente, a menos que seas latino.

Texas está en auge, a menos que seas estadounidense nativo.

Y Nueva York ha vuelto, a menos que seas negro.

Incluso las personas homosexuales, siempre orgullosas y confiables, sólo se vacunan más que otras personas porque también se infectaron más que otras personas. A menudo parece que no hemos aprendido nada en nuestra prisa bipartidista por volver a la normalidad. Incluso cuando los espectáculos siguen cerrando debido al coronavirus, Broadway ha vuelto a su toxicidad de "el espectáculo debe continuar", como si los dos últimos años nunca hubieran sucedido, o peor aún, precisamente porque sucedieron. Biden ha dado licencia a la pandemia incluso entre los vacunados.

"No tengo ninguna duda de que la administración Biden lo ha hecho mejor y, sin embargo, los resultados siguen siendo increíblemente preocupantes e increíblemente trágicos. Hay lecciones que aprender", dijo Wachter. "Hay muchas lecciones que aprender de 2020, pero también hay lecciones que aprender de 2021 y vale la pena pensar en ellas detenidamente".

¿Nos hemos vuelto más egoístas? ¿O es eso obra de nuestro país?

"Las pandemias no son accidentes. Se desarrollan de forma no aleatoria. Los patógenos explotan nuestras vulnerabilidades, en nuestros sistemas políticos, en nuestros mercados, en nuestras sociedades, por lo que cada época tiene su propia pandemia, un espejo donde las sociedades pueden ver su verdadero rostro", dijo Ruxandra Paul, profesora de ciencias políticas en Amherst College, quien imparte un curso sobre política pandémica llamado "Democracia versus enfermedad". “Una y otra vez, las personas reciben mensajes de los líderes políticos de que deben abrocharse el cinturón y hacer lo que tienen que hacer para volver a la normalidad. Un sprint hacia la normalidad en lugar de un maratón. Hay mucha discusión sobre la responsabilidad individual, tratando de imponer la culpa y la presión sobre el ciudadano. El gobierno ha podido trasladar la responsabilidad de gobernar a los ciudadanos. Todos a ‘cumplir con su responsabilidad’ y [basan sus planes] en suposiciones sobre quién debería hacer qué".

Llámalo “tu huella de Covid”. Pero las huellas de Covid son tan artificiales como las huellas de carbono (un esquema ideado por la agencia publicitaria británica Ogilvy para BP). No hay nada que podamos hacer que se compare con una gobernanza pandémica adecuada, eficaz, dura pero justa. Ninguna cantidad de verificación de códigos QR o el uso de mascarillas N95 pueden compensar la ausencia de dicha política. Nuestro sistema inmunológico no puede con todo por sí mismo.

Ahora que la pandemia se vuelve cada vez más suya día a día, vale la pena reevaluar la presidencia de Biden además de hacer comparaciones con la de Trump.

El objetivo de Biden es claramente un pragmatismo que sólo funciona en teoría. Su versión de Estados Unidos no es exitosa, es sólo una confusa, ambigua y entrometida mediocridad. Al igual que con cualquier otra crisis humanitaria que hoy enfrenta la nación más poderosa y próspera en la historia de la humanidad – el hambre, la falta de viviendas, el VIH, la pobreza, la crisis migratoria, los asesinatos con armas de fuego, el sistema de encarcelamiento con fines de lucro, el agua potable envenenada – en cuanto a la pandemia, hemos pasado del esfuerzo por “expulsarla” al esfuerzo por “aplastarla”.

Rojos o azules, los estadounidenses están incondicionalmente unidos por la pereza, la mezquindad, el egoísmo y la terquedad. Se debate sobre los salarios mínimos sin tener en cuenta que cualquier cosa menor a un salario de vida es un salario de muerte. Olvidémonos de amar a nuestros prójimos. No confiemos en ellos. Ni siquiera nos preocupemos por saber sus nombres.

El camino por seguir no radica en aumentar la participación de votantes o ganarnos el apoyo del senador Joe Manchin III (D-WV), o del juez John Roberts.

El éxito frente a una pandemia no puede llegar del triunfo de un solo partido. Al igual que Dios, el coronavirus no es ni Republicano ni Demócrata, ni siquiera estadounidense. Su derrota no puede ser un triunfo de la política, sino sobre la política.

Pronto, este país será testigo de lo único peor que 1 millón de muertes estadounidenses por pandemia: un político que use esa triste cifra para intentar ser elegido o reelegido en las elecciones intermedias. Ese oportunista político chillón y descarado seguramente no será el único en llamar a las elecciones del próximo año las más importantes de nuestras vidas, y una vez más, literalmente, serán una cuestión de vida o muerte, como si ya lo supieran con anterioridad. "Estamos en la lucha de nuestras vidas", dirán, solicitando donaciones como si fuera la sangre que necesitan para vivir. Serán el héroe de uno, el villano de otro y el servidor público de nadie.

¿Y quién será usted en la encrucijada que se acerca este año? No responda ahora. Piense un minuto. Espere 1.218.

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Richard Morgan es escritor independiente en Nueva York y el autor de "Born in Bedlam" (“Nacido en Bedlam”).

Lea el artículo original aquí.

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