Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt en una de sus cumbres durante la Segunda Guerra mundial. FOTO: Wikipedia por De Priest, L C (Lt), Royal Navy official photographer.

Semanas después del ataque de Japón a Pearl Harbor y de la entrada de EEUU en la Segunda Guerra Mundial, el Primer Ministro Británico, Winston Churchill, pronunció un apasionado discurso ante una sesión conjunta del Congreso.

Era el día después de la Navidad de 1941, a solo tres semanas del bombardeo japonés a Pearl Harbor que convenció a EEUU a tomar parte en la Segunda Guerra Mundial.  El Primer Ministro británico, Winston Churchill, se presentó ante una sesión conjunta del Congreso con el fin de preparar a los estadounidenses para lo que estaba por venir, algo que el Reino Unido ya había vivido durante dos años.

Fue el segundo líder extranjero que habló ante una sesión conjunta en la historia de EEUU; el primero fue el rey Kalakaua de Hawai en 1874.

El miércoles, el Presidente ucraniano Volodymyr Zelensky se unirá a este selecto grupo cuando se dirija a una sesión conjunta del Congreso, aunque esta vez será virtual.  Hasta ahora, Zelensky se ha negado a abandonar Kiev, la capital ucraniana, desde que Rusia comenzó su invasión hace varias semanas.

Al igual que Zelensky, que ha estado suplicando a los gobiernos extranjeros que amplíen su defensa de Ucrania, Churchill instó a EEUU a aumentar su movilización para la guerra, a fin de hacer retroceder a las potencias del Eje.  Según Erick Trickey de Smithsonian Magazine, unas horas después de su bien recibido discurso, sufiría un ataque al corazón en la Casa Blanca, aunque su médico personal lo mantuvo en secreto para todos, incluido el mismo Churchill.

Churchill hablaría ante el Congreso dos veces más, en 1943 y 1952, convirtiéndose en el único líder extranjero en la historia de EEUU en dirigirse a una sesión conjunta tres veces.

A continuación, un extracto del discurso de Churchill de 1941.

"Quisiera decir, en primer lugar, lo mucho que me ha impresionado y animado la amplitud de miras y el sentido de la proporción que he encontrado en todos los sectores de esta nación a los que he tenido acceso. Cualquiera que no comprendiera el tamaño y la solidaridad de los cimientos de EEUU, podría haber esperado fácilmente encontrar una atmósfera excitada, perturbada y ensimismada, con todas las miradas puestas en los novedosos, sorprendentes y dolorosos episodios de la guerra repentina que golpean a EEUU.  Al fin y al cabo, EEUU ha sido atacado y puesto en jaque por los tres estados dictatoriales más poderosos y armados, la mayor potencia militar de Europa, la mayor potencia militar de Asia: Japón, Alemania e Italia les han declarado y les están haciendo la guerra, y se ha abierto la disputa que solo puede acabar en el derrocamiento de ellos o en el suyo.

Pero aquí en Washington, en estos días memorables, he encontrado una fortaleza olímpica que, lejos de estar basada en la complacencia, es solo la máscara de un propósito inflexible y la prueba de una confianza segura y bien fundada en el resultado final. En Gran Bretaña tuvimos la misma sensación en nuestros días más oscuros.  Nosotros también estábamos seguros de que al final todo iría bien.

Estoy seguro de que no subestiman la severidad de la prueba a la cual usted y nosotros todavía tenemos que someternos. Las fuerzas que se alzan contra nosotros son enormes. Son implacables, son despiadadas. Los hombres malvados y sus facciones, que han lanzado a sus pueblos por el camino de la guerra y la conquista, saben que serán llamados a rendir cuentas terribles si no logran abatir por la fuerza de las armas a los pueblos que han asaltado. No se detendrán ante nada. Tienen una gran acumulación de armas de guerra de todo tipo. Disponen de ejércitos, armadas y servicios aéreos altamente entrenados y disciplinados. Tienen planes y diseños largamente elaborados y madurados. No se detendrán ante nada que pueda sugerir la violencia o la traición.

Es muy cierto que por nuestra parte nuestros recursos en soldados y materiales son mucho mayores que los suyos. Pero solo una parte de sus recursos están aún movilizados y desarrollados, y ambos tenemos mucho que aprender en el cruel arte de la guerra. Por lo tanto, tenemos sin duda un tiempo de tribulación ante nosotros. En este mismo tiempo, se perderá terreno que será difícil y costoso de recuperar. Nos esperan muchas decepciones y sorpresas desagradables. Muchas de ellas nos afligirán antes de que se logre el pleno despliegue de nuestro poder potencial y total.

Durante la mayor parte de los últimos veinte años se ha enseñado a la juventud de Gran Bretaña y EEUU que la guerra era mala, lo cual es cierto, y que no volvería a producirse, lo cual se ha demostrado que era falso. Durante la mayor parte de estos veinte años, se ha enseñado a la juventud de Alemania, de Japón y de Italia, que la guerra de agresión es el deber más noble del ciudadano y que debe iniciarse tan pronto como se hayan fabricado las armas y se tenga la organización necesaria. Nosotros hemos cumplido con los deberes y tareas de la paz. Ellos han tramado y planeado la guerra. Esto, naturalmente, nos ha colocado, en Gran Bretaña, y ahora los coloca a ustedes en EEUU, en una desventaja que solo el tiempo, el valor y el esfuerzo incansable pueden corregir.

Tenemos que agradecer que se nos haya concedido tanto tiempo. Si Alemania hubiera intentado invadir las Islas Británicas después del colapso francés en junio de 1940, y si Japón hubiera declarado la guerra al Imperio Británico y a EEUU aproximadamente en la misma fecha, nadie puede decir qué desastres y agonías no habrían sido nuestra suerte. Pero ahora, a finales de diciembre de 1941, nuestra transformación de la paz fácil de llevar a la eficiencia total de la guerra ha hecho grandes avances.

En Gran Bretaña ya ha comenzado el amplio flujo de municiones. Se han dado inmensos pasos hacia la conversión de la industria estadounidense para fines militares. Y ahora que EEUU está en guerra, es posible que cada día se den órdenes que en un año o dieciocho meses producirán resultados en el poder bélico más allá de lo que se ha visto o previsto en los Estados dictadores.

Siempre que se hagan todos los esfuerzos, que no se retenga nada, que toda la mano de obra, la capacidad intelectual, la virilidad, el valor y la virtud cívica del mundo de habla inglesa, con toda su galaxia de comunidades y estados leales, amigos o asociados, siempre que se dedique sin descanso a la sencilla, pero suprema tarea, creo que sería razonable esperar que a finales de 1942 nos encontremos definitivamente en una posición mejor que la actual. Y que el año 1943 nos permitirá asumir la iniciativa a gran escala.

Algunas personas pueden asustarse o deprimirse momentáneamente cuando, al igual que su Presidente, yo hablo de una guerra larga y dura. Nuestros pueblos prefieren saber la verdad, por muy sombría que sea. Y después de todo, cuando estamos haciendo el trabajo más noble del mundo, no solo defendiendo nuestros hogares, sino la causa de la libertad en todos las países, la pregunta sobre si la liberación llega en 1942 o 1943 o 1944, calza en su lugar apropiado en las grandes dimensiones de la historia humana. Estoy seguro de que hoy, ahora, somos los dueños de nuestro destino. Que la tarea que se nos ha encomendado no está por encima de nuestras fuerzas. Que sus dolores y fatigas no están más allá de nuestra resistencia. Mientras tengamos fe en nuestra causa, y una fuerza de voluntad inconquistable, la salvación no nos será negada...

EEUU, unidos como nunca, han desenvainado la espada por la libertad y han desechado la vaina.

Todos estos tremendos logros han llevado a los pueblos subyugados de Europa a levantar de nuevo la cabeza con esperanza. Han dejado de lado para siempre la vergonzosa tentación de resignarse a la voluntad del conquistador. La esperanza ha vuelto a los corazones de decenas de millones de hombres y mujeres, y con esa esperanza arde la llama de la ira contra el invasor brutal y corrupto. Y aún arden con más fuerza los fuegos del odio y el desprecio hacia los asquerosos colaboracionistas a los que ha subyugado.

En una docena de famosos estados antiguos, ahora postrados bajo el yugo nazi, las masas populares, de todas las clases y credos, esperan la hora de la liberación en la que también podrán desempeñar su papel y dar sus golpes como hombres.  Esa hora llegará. Y su solemne tañido proclamará que la noche ha pasado y que el amanecer ha llegado...

Después de las tropelías que han cometido contra nosotros en Pearl Harbor, en las Islas del Pacífico, en Filipinas, en Malasia y en las Indias Orientales Holandesas, deben saber ahora que las apuestas por las cuales han decidido jugar son mortales.  Cuando observamos los recursos de EEUU y del Imperio Británico en comparación con los de Japón; cuando recordamos los de China, que han resistido valientemente durante tanto tiempo la invasión y la tiranía, y cuando también observamos la amenaza rusa que se cierne sobre Japón, resulta aún más difícil reconciliar la acción japonesa con la prudencia o incluso con la cordura. ¿Qué clase de personas creen que somos? ¿Es posible que no se den cuenta de que nunca dejaremos de perseverar contra ellos hasta que hayan recibido una lección que ni ellos ni el mundo olvidarán jamás?

Miembros del Senado, y miembros de la Cámara de Representantes, pasaré por un momento más de la agitación y las convulsiones del presente a los espacios más amplios del futuro.  Aquí estamos juntos, enfrentándonos a un grupo de poderosos enemigos que buscan nuestra ruina.  Aquí estamos juntos, defendiendo todo lo que es querido por los hombres libres. Dos veces en una sola generación ha caído sobre nosotros la catástrofe de la guerra mundial.  En dos ocasiones durante nuestra vida, el largo brazo del destino ha atravesado los océanos para llevar a EEUU a la primera línea de la batalla.

Si nos hubiéramos mantenido unidos después de la última guerra, si hubiéramos considerado medidas comunes para nuestra seguridad, esta renovación de la maldición nunca habría caído sobre nosotros. ¿No nos debemos a nosotros mismos, a nuestros hijos, a la atormentada humanidad, el asegurarnos de que estas catástrofes no nos engullan por tercera vez? ...

Si me permiten usar otro lenguaje, diré que en verdad debe ser ciego de alma quien no pueda ver que algún gran propósito y designio se está llevando a cabo aquí abajo del cual tenemos el honor de ser los fieles servidores.  No nos corresponde asomarnos a los misterios del futuro.  Aun así, confieso mi esperanza y mi fe, seguras e inviolables, de que en los días venideros los pueblos británico y estadounidense, por su propia seguridad y por el bien de todos, caminarán juntos en majestad, en justicia y en paz."

Washington Post - Gillian Brockell

Lea el artículo original aquí.