FOTO: Bloomberg por Samuel Corum.

El presidente fue elegido con planes audaces para la transición verde. Pero justo antes de las elecciones intermedias, se enfrenta a una crisis energética.

Al tiempo que las empresas estadounidenses de combustibles fósiles trataban de recuperarse a finales de 2020 del desplome del petróleo provocado por la pandemia, dos nuevos golpes impactaron en el maltrecho sector.

Primero llegaron las noticias desde Europa, donde el grupo de servicios públicos Engie, presionado por el gobierno francés, descartó un acuerdo para importar gas natural licuado estadounidense.  Las autoridades lo consideraron demasiado sucio debido a las emisiones de gases de efecto invernadero asociadas a la producción de petróleo y gas de esquisto.  Un mercado de exportación crucial para los combustibles fósiles estadounidenses se estaba cerrando.

Luego, en noviembre, llegó la elección de Joe Biden, un hombre que se comprometió como candidato presidencial a hacer una "transición" del petróleo, a frenar las perforaciones de esquisto, a promulgar una nueva legislación climática de amplio alcance y terminar con la dependencia estadounidense de los combustibles fósiles. La historia estaba a punto de dejar atrás el petróleo y el gas en EEUU.

Pero todo eso ya cambió.  A poco más de un año de la presidencia de Biden, al tiempo que la invasión rusa de Ucrania intensifica el temor a la escasez mundial de petróleo y gas y los gobiernos occidentales se apresuran a buscar nuevos suministros, el panorama para los combustibles fósiles estadounidenses y la forma en la cual la Casa Blanca los cataloga están experimentando su propia transición.

Desesperada por dejar de depender del petróleo y del gas rusos y debilitada por la subida de los precios de la energía, Europa ha redescubierto su sed de GNL (gas natural licuado) estadounidense.  Engie ya contrató más envíos.  En marzo, Biden anunció un acuerdo con Ursula von der Leyen, la presidenta de la Comisión Europea, que garantiza una nueva demanda a largo plazo de combustibles fósiles estadounidenses "hasta al menos" 2030.

Los precios de la gasolina han subido más de un 70 por ciento desde que Biden asumió su cargo, lo cual provoca un gran dolor de cabeza para los Demócratas de cara a las elecciones legislativas de noviembre.  Como resultado, una administración que prometió dar prioridad a la lucha contra el cambio climático está librando ahora una batalla a corto plazo para que sea más barato seguir quemando combustibles fósiles.

"Las elecciones de mitad de período son el motivo detrás de la política energética estadounidense en estos momentos", afirma Amrita Sen, analista sénior de petróleo de la consultora Energy Aspects.  Todo, desde el petróleo que se liberó de las reservas de emergencia hasta las acusaciones de que las compañías petroleras están subiendo los precios, es un esfuerzo "para que se vea que se está haciendo algo", dice Sen.

El resultado es lo que los analistas describen como una serie de contorsiones políticas. La administración, que canceló el oleoducto de petróleo pesado Keystone XL entre Canadá y EEUU a las pocas horas de asumir el poder el año pasado, ahora busca más crudo proveniente del sancionado régimen autoritario de Venezuela.

El presidente, que en su campaña se comprometió a eliminar la fracturación hidráulica en el territorio federal, ahora pide más perforaciones y quiere multar a las empresas que no produzcan rápidamente en tierras federales arrendadas.  La administración, que quiere que la gente compre vehículos eléctricos, varias veces ha liberado petróleo de las reservas de emergencia para que la gasolina estadounidense, que sigue siendo más barata que en el resto del mundo desarrollado, sea aún menos costosa.

Biden hizo de sus funcionarios ambientales un elemento central de la administración, al nombrar a John Kerry, ex secretario de Estado, como su enviado internacional para el clima y a Gina McCarthy, una destacada ecologista, como su zar ambiental a nivel nacional.  Pero a medida que la crisis mundial se ha ido agravando, Biden ha acabado apoyándose mucho más en los expertos en energía de su administración, algunos de los cuales tienen una formación en combustibles fósiles, sobre todo Amos Hochstein, un ex ejecutivo de la industria de gas natural que ahora es un importante asesor de la Casa Blanca.

Funcionarios y asesores de la administración dicen que la prioridad de Biden sigue siendo el clima y la energía limpia.  Ya ha aprobado una importante legislación sobre infraestructuras con disposiciones sobre energía limpia, ha tomado medidas enérgicas contra la contaminación por metano y ha vuelto a comprometer a Estados Unidos en la lucha mundial contra el cambio climático.

También creen que tiene una oportunidad decente de aprobar algunos de los contenidos de energía limpia y cambio climático del proyecto de ley Build Back Better que está estancado en el Congreso.  De ser así, marcaría un momento importante en la política climática y la transición energética de Estados Unidos.

Pero, en cualquier caso, primero debe hacer frente a una crisis de suministro mundial que podría tener repercusiones económicas tan grandes como la crisis del petróleo de los años setenta.

"No se puede llevar a cabo una transición energética si se está en medio de una crisis energética", afirma Jason Bordoff, ex asesor de la Casa Blanca de Obama y actual decano de la escuela ecológica de la Universidad de Columbia.  "Para movilizar el apoyo público a las medidas que debemos tomar para reducir el uso y la dependencia del petróleo y el gas, hay que asegurarse de que la gente no tenga hoy pánico por sus facturas de electricidad".

Otros reconocen la urgencia de la crisis de precios, pero dicen que las soluciones que implican aumentar ahora la oferta de combustibles fósiles podrían empeorar la crisis más adelante.

"Durante décadas, la mayoría de los diseñadores de políticas y los políticos han pensado que se ocuparán del cambio climático en un par de meses, en un par de años, más adelante, en el futuro. Y nunca llegan a hacerlo", afirma Leah Stokes, destacada experta en política climática y profesora de la Universidad de California en Santa Bárbara. "Simplemente, a veces es más fácil que la gente vuelva a las respuestas que ya conoce".

Los ejecutivos de combustibles fósiles estadounidenses, especialmente los que pretenden aumentar las exportaciones de GNL al otro lado del Atlántico, reciben con satisfacción las nuevas señales de apoyo. Charif Souki, cuya empresa Tellurian está creando un nuevo proyecto de GNL en la costa del Golfo de Luisiana, afirma que se ha producido un "cambio de tono" que también se ha extendido a Wall Street.

"La gente que hace seis meses no quería asociarse con nosotros está cambiando de opinión", dice Souki. "Antes éramos 'hidrocarburos'. Antes éramos "sucios" y el gas natural era "tan malo como el carbón". Ahora hemos vuelto a ser "ecológicos".

Los veteranos de la energía

La obsesión del gobierno de Biden con el aumento de los precios de la gasolina era evidente mucho antes de que la invasión rusa de Ucrania elevara los índices de referencia del crudo a su nivel más alto desde la crisis financiera de 2008.

"Si no se controla el aumento de los precios de la gasolina, se corre el riesgo de perjudicar la recuperación mundial en marcha", dijo en agosto Jake Sullivan, consejero de Seguridad Nacional de Biden, -solo ocho meses después de iniciada la nueva administración- cuando pidió a los productores de la Opec, como Arabia Saudita, que bombearan más petróleo.  El West Texas Intermediate, el petróleo de referencia en EEUU, cotizaba entonces a unos $67 el barril, muy por debajo del precio actual de unos $100 el barril, y los precios de la gasolina en todo el país se situaban esa semana en un promedio de poco menos de $3,20 por galón, o unos 65 centavos por litro.  Desde entonces han subido más de una cuarta parte.

Pero Biden había prometido durante su campaña convertir a Arabia Saudita en un "paria" por el asesinato de Jamal Khashoggi, lo cual dificulta la diplomacia petrolífera.  Sullivan, Brett McGurk, coordinador de Seguridad Nacional para Oriente Medio, y Hochstein -todos ellos veteranos del período de Obama- empezaron a viajar regularmente a Riad y a Emiratos Árabes Unidos, siendo este último otro aliado reacio a ayudar a Biden a salir de su problema con el precio de la gasolina, a discutir sobre petróleo y seguridad.

Hochstein, nombrado asesor principal de seguridad energética de la administración el pasado mes de agosto, fue una designación controvertida, pero astuta, dada la crisis que se desarrollaría en los meses siguientes.  Ex soldado de las Fuerzas de Defensa de Israel, siguió a sus años en la administración de Obama con una temporada en Tellurian, de Souki, promoviendo las exportaciones de GNL.  Posteriormente trabajó también como lobista de energía en Washington y como director de Naftogaz, la empresa energética estatal ucraniana que ha estado en el centro de las disputas por el suministro de gas con Rusia.

Sus antecedentes en el sector de los combustibles fósiles, al igual que los de otras personas contratadas por el gobierno de Biden, hicieron que los demócratas progresistas y los activistas del clima se sorprendieran, pero la Casa Blanca cuenta ahora con un enviado que puede hablar con autoridad sobre energía mundial con ejecutivos de la industria y altos funcionarios. "Es el hombre adecuado en el momento adecuado", explica otro ejecutivo de combustibles fósiles que trabajó en la administración de Obama.

Los sauditas se mantuvieron indiferentes, manteniendo sus propios planes de suministro de petróleo y esperando un acuerdo de seguridad más amplio por parte de EEUU, entre otras condiciones, según Helima Croft, ex analista de la CIA que ahora es directora de estrategia de materias primas a nivel internacional en RBC Capital Markets.

Hochstein afirma que la relación con los sauditas está en un "buen momento". "No les pedí un aumento de la producción, y ellos tampoco me dijeron que no", afirma. "Creo que hay una tendencia a centrarse en el drama, a crear una novela de estas cosas. Eso no refleja en qué punto estamos de la conversación"

En noviembre, cuando los precios del petróleo seguían subiendo y el reino de Oriente Medio no estaba dispuesto a ayudar, Biden anunció la liberación de crudo de una reserva federal de emergencia, un intento explícito de utilizar una reserva a la que se había recurrido anteriormente durante las interrupciones totales del suministro, como sucedió durante la guerra de Libia en 2011, para bajar los precios de los surtidores estadounidenses.

Sin embargo, el temor a que el aumento de la demanda tras la pandemia supere el incremento de la oferta sigue manteniendo los precios del petróleo en torno a los $100 el barril y la gasolina por encima de los $4 el galón. En Washington, los Republicanos han sabido aprovechar la situación, al criticar la "guerra contra la energía estadounidense" del presidente y afirmar que las restricciones de Biden a las perforaciones federales y las normas de los onerosos permisos federales han frenado la inversión en nuevos suministros de petróleo.

Este punto es discutible: los propios ejecutivos petroleros dicen que es Wall Street, que exige a los productores que mantengan el control del gasto y paguen dividendos atractivos, el que impide un nuevo aumento de las perforaciones, y no la Casa Blanca.  Pero las encuestas muestran que Biden está sufriendo parte de la culpa por la inflación.

La administración está haciendo todo lo posible por motivar a los perforadores. "Los productores de esquisto, junto con sus patrocinadores financieros, deben hacer lo que sea necesario para aumentar la producción y no aumentar los dividendos", dijo Hochstein al Financial Times en una entrevista reciente. "El gobierno de Estados Unidos no se opone rotundamente a la producción adicional de petróleo".

Jennifer Granholm, la secretaria de energía de Biden, lo reiteró en un discurso ante una sala llena de ejecutivos del petróleo y del gas en Houston el mes pasado.  Estados Unidos está ahora en "pie de guerra", les aseguró.  "En este momento de crisis, necesitamos un mayor suministro de petróleo.  Eso significa que hay que producir más ahora, donde se pueda y si es posible".

Desde entonces, la Comisión Federal de Regulación de la Energía ha retrocedido en una nueva propuesta de norma climática que había molestado a las empresas de oleoductos y gasoductos y a otras empresas de combustibles fósiles, una medida considerada como “la zanahoria” para el sector.  Pero Biden también ha utilizado la coerción, al pedir al Congreso el mes pasado cuando anunció su tercera liberación de reservas de emergencia para que encontrarse la forma de imponer multas a las empresas que no utilizaran sus arrendamientos federales para perforar en busca de petróleo.  Los cambios de señales han sido vertiginosos.

"El punto pivote ahora es casi esquizofrénico", dice Heidi Heitkamp, exsenadora Demócrata de Dakota del Norte, un estado rico en petróleo.  "Queremos desarrollar más petróleo, pero también queremos demonizar algo de lo que está pasando ... Hay reuniones a puertas cerradas en las que [la administración] dice 'por favor, por favor, por favor, hay que poner más producto en la economía', al mismo tiempo que afuera hacen sonar los tambores de guerra”.

Las ambiciones climáticas frente a la crisis geopolítica

Al mismo tiempo, la crisis energética total al otro lado del Atlántico ha tenido posiblemente un impacto aún mayor en el enfoque de Biden sobre los combustibles fósiles.

La crisis comenzó el año pasado, cuando la generación eólica y el suministro de gas de la empresa rusa Gazprom fueron inferiores a lo previsto, lo cual provocó que los precios de la electricidad y del combustible en Europa se dispararan hasta alcanzar máximos históricos. La administración Biden se puso en alerta. Hochstein, que visitó Ucrania meses antes de la invasión, dijo que "había vidas en juego" al haber una escasez en los suministros, y empezó a trabajar para encontrar nuevos cargamentos de GNL que ayudaran a cubrir el déficit.

El gas natural volvió a ganarse la simpatía de la Casa Blanca.  En marzo, después de que la UE anunciara sus planes de reducir las importaciones de gas ruso, Hochstein y otros funcionarios se esforzaron por persuadir a aliados como Qatar, gran productor de GNL, y Japón, gran importador de GNL, para que liberaran más suministro para Europa.  A ello siguió el acuerdo de Biden con von der Leyen para garantizar la demanda a largo plazo.

"Cuando todo esté dicho y hecho, el gran cambio será en los mercados del gas", dice Ernest Moniz, que fue secretario de Energía con Barack Obama.  "El acuerdo para que Europa proporcione un mercado estable de 50 mil millones de metros cúbicos al año para el GNL estadounidense en 2030 es un compromiso bastante sustancial en términos de sustitución del gas ruso".

La magnitud de la crisis de suministro, añade Moniz, lo hace confiar en que los debates políticos "salgan de sus silos" e incluyan soluciones tanto para la seguridad energética como para el cambio climático.

Los ejecutivos del sector del gas de esquisto elogian el aparente giro de Biden. "Tenemos que aplaudir el cambio de dirección... tenemos que celebrar el hecho de que la gente haya reevaluado sus decisiones", afirma Toby Rice, director ejecutivo de EQT, el mayor productor de gas natural de EE UU.  Rice hace lobby a los políticos para que reconozcan el gas natural como combustible "ecológico" porque podría sustituir al carbón, más intensivo en carbono, para producir electricidad.  "Creo que vamos a conseguir ese apoyo político".

Los defensores del clima están menos entusiasmados. La licuefacción del gas natural requiere mucha energía y carbono, a menos que las plantas capturen las emisiones, y las juntas de las tuberías y los buques pueden tener fugas de metano, un potente gas de efecto invernadero. La nueva infraestructura de GNL necesaria como resultado de la crisis europea -tanto las nuevas plantas de exportación en EEUU como las instalaciones de importación en Europa- incluirían al combustible fósil en la economía durante décadas, argumentan.

"No es la primera ni la última guerra en la que vemos argumentos oportunistas de la industria de combustibles fósiles", afirma Zorka Milin, asesora jurídica de Global Witness, defensora de la transparencia en las industrias extractivas. Las emisiones del ciclo de vida del GNL estadounidense podrían ser peores que las del gas del gasoducto ruso, afirma. "El GNL estadounidense no es en absoluto la solución... es el afán de lucro y el interés propio disfrazado de patriotismo y solidaridad con Europa".

El acuerdo sobre el GNL es otro ejemplo de las complejas decisiones a las que se enfrenta una administración que debe sopesar sus ambiciones climáticas con la crisis geopolítica derivada de la brutal guerra en Europa.

Michael Regan, director de la Agencia Federal de Protección del Medio Ambiente, afirma que el gobierno estadounidense puede encargarse fácilmente de ambos asuntos: suministrar más combustibles fósiles ahora, pero también acelerar la transición energética para reducir su demanda en el futuro. Bordoff, el decano del clima de Columbia, señala que un día después de que EEUU anunciara su última liberación de reservas de petróleo, destinada a reducir el precio de la gasolina, también anunció un nuevo aumento de los estándares de ahorro de combustible para el parque automotor.

"El presidente de Estados Unidos ha dejado claro que tenemos que acelerar la transición energética", dice Hochstein. "No podemos avanzar hacia el futuro dependiendo de los combustibles fósiles y de los países de donde provienen ... Sabemos que no va a ocurrir en el corto plazo. Solo tenemos que lograrlo”.

Derek Brower en Nueva York

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