Jerome Power, consejero delegado del Banco de la Reserva Federal de EEUU, visto aquí junto a Kristalina Georgieva, directora gerente del FMI, presentó su visión de la economía mundial durante la reunión annual del Banco Mundial y el FMI. FOTO: EFE/EPA/Cory Hancock.

El regreso a una política monetaria más restrictiva es inevitablemente desordenado.

¿Ya llegamos? Es una pregunta razonable para quienes invierten en bonos luego del giro histórico a la baja que dieron los precios de la deuda pública para reflejar el tono cada vez más agresivo de la Reserva Federal de EEUU.

Lamentablemente, para quienes se lamen las heridas, la respuesta rápida es "probablemente no".  De hecho, a juzgar por los movimientos de esta semana, la agitación en los mercados no ha hecho más que comenzar.

Los banqueros centrales no son sádicos. Los que piensan en subir las tasas para luchar contra la inflación intentan hacerlo sin provocar una indebida inestabilidad en los mercados financieros o, peor aún, una recesión económica.  Sin embargo, el regreso a unas tasas de interés más altas es inevitablemente desordenado.

Como dice Joseph Amato, director de inversiones de renta variable de Neuberger Berman: "Cuando la Fed pisa los frenos, alguien atraviesa el parabrisas".  Entre los activos que no llevaban puesto el cinturón de seguridad esta semana se encuentran las acciones de Netflix, el yen japonés y el yuan chino.  Más adelante habrá otros.

La magnitud del giro en los mercados de deuda pública es algo digno de ver.  Charles-Henry Monchau, director de inversiones de Bank Syz, dijo que los tres primeros meses del año fueron "emotivos y difíciles para los inversionistas".  La deuda pública estadounidense a largo plazo ya iba camino a sufrir su mayor caída anual registrada desde 1973, incluso antes de que el presidente de la Fed, Jay Powell, despertara esta semana las expectativas para una fuerte subida de las tasas de interés de medio punto porcentual el próximo mes.

Los precios han caído tan rápido que el rendimientos del bono del Tesoro de referencia a 10 años está cerca del 3 por ciento, su punto más alto desde 2018.

Incluso después de ocho años, estamos siendo testigos del final de la extraña era de rendimientos negativos.  Los inversionistas se han acostumbrado, en gran medida a regañadientes, a comprar bonos con la certeza de que perderán dinero si los mantienen hasta su vencimiento, debido a los altos precios y a las tasas de interés dolorosamente bajas.  Recientemente, unos 11tn (millones de millones) de dólares de deuda mundial han salido del congelamiento profundo de los rendimientos negativos.  Solo se ha quedado atrás una cifra relativamente modesta de $2,7tn.  Los bonos alemanes a 10 años, cuyo rendimiento es siempre bajo o incluso negativo, rinden ahora un 0,95 por ciento, el máximo desde 2015.

El 7 de abril, Barclays dijo basta y recomendó comprar bonos del Tesoro estadounidense a 10 años. Menos de dos semanas después, abandonó esa decisión a pérdida.  Es un momento difícil para quienes buscan oportunidades.

Es lógico que los mercados de bonos -la clase de activos más sensible a las tasas de interés- reaccionen con tanto dinamismo al cambio de rumbo de los bancos centrales.  No obstante, el efecto dominó en otros mercados es cada vez más claro.

"Ahora todos somos operadores de bonos", escribió esta semana el analista de divisas Kamal Sharma de Bank of America.  Dijo que las principales divisas este año están "dominadas" por los movimientos del mercado de bonos, dado que "un elemento las controla a todas".

El yen japonés lo demuestra claramente.  Se ha desplomado a su mínimo en dos décadas frente al dólar debido a la diferencia de postura entre la Fed, que no ha ocultado su plan de subir las tasas, y el Banco de Japón, que está decidido a mantener bajos los rendimientos de sus bonos. Las autoridades japonesas suelen ser proclives a mantener el yen amigable y débil para que sea favorable para las exportaciones. En este caso, sin embargo, la moneda cayó lo suficientemente fuerte y rápido (¡un 11 por ciento desde principios de marzo!) como para que los operadores estén atentos a una intervención que busque apuntalarla.

Además, no es solo el yen; el yuan chino también ha bajado mucho, en parte porque los rendimientos de los bonos estadounidenses se han acercado al nivel de los bonos de China por primera vez en 12 años. Algunos participantes del mercado se preguntan si el franco suizo también podría contagiarse.

Ahora bien, quizás el ejemplo más claro de cómo la Fed ha cambiado el juego para los inversionistas vino esta semana de la mano de Netflix, el servicio de streaming que se convirtió en una necesidad imperiosa cuando todos estábamos encerrados en nuestras casas, pero que ahora es un lujo opcional en un momento en el cual los hogares intentan recortar gastos.  El precio de sus acciones se desplomó casi un 40 por ciento después de decir que había perdido clientes y que esperaba perder más.

Netflix era una de las acciones de alta tecnología que ya se había hundido desde que la Fed dejó claras sus intenciones de ajuste.  No obstante, la última caída ha sido espectacular por donde se mire.

"No sé si es una señal de lo que está por venir", dice Amato de Neuberger Berman. "Creo que ya ha llegado". En cualquier caso, es evidente la diferencia en este ambiente de mercado más nervioso.  "Si una empresa no cumple sus previsiones o las expectativas del mercado, el reajuste es brutal", dice.

Este entorno del mercado, con inflación altísima y riesgo real de nuevas recesiones, apunta a periodos de volatilidad y llama a mantener la cautela, afirma.

Por supuesto, los inversionistas son conscientes de la historia.  El llamado taper tantrum de 2013, cuando la mera insinuación de la Fed de retirar el apoyo a la compra de bonos hizo que los activos de los mercados emergentes pasaran por la trituradora, es solo el mayor y más reciente ejemplo.  Y las rápidas subidas de tasas en 1994 acabaron llevando a la quiebra al condado de Orange en California y sentando las bases de la crisis del peso en México.

Todavía no estamos llegando hasta ese punto. Pero es difícil la tarea de los responsables políticos de diseñar un aterrizaje suave que no genere daños colaterales graves.  Los últimos resbalones nos recuerdan que los accidentes pueden ocurrir fácilmente.

Katie Martin

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