El presidente de Senegal Macky Sall (D), consejero delegado de la Unión Africana, visitó a su homólogo ruso, Vladimir Putin (I) para instarle a que relaje el bloqueo al puerto de Odesa en el Mar Negro de forma que Ucrania pueda exportar granos ucranianos a África. FOTO: EFE/EPA/MIKHAIL KLIMENTYEV / KREMLIN POOL / SPUTNIK.

En lugar de centrarse en la producción interna, demasiados gobiernos tratan de tranquilizar a la población con importaciones.

Una vez más, son los pobres del mundo quienes corren el riesgo de convertirse en daños colaterales.  Al tiempo que la guerra se extiende en Ucrania, las personas más desfavorecidas de Oriente Medio, Asia Central y gran parte de África se verán atrapadas en el fuego cruzado debido a que el precio de los alimentos aumenta y su suministro disminuye.

En 2021, casi 700 millones de personas, el 9 por ciento de la población mundial -casi dos tercios de ellas en el África subsahariana- vivían con menos de $1,90 al día, la definición de pobreza extrema del Banco Mundial.  Cualquier aumento sustancial de los precios de los alimentos podría hacer que millones de personas volvieran a caer en esta categoría.

Un informe de Standard & Poor's prevé que la crisis alimentaria se prolongará hasta 2024 y posiblemente más allá.  Advierte que podría afectar la estabilidad social, al crecimiento económico y las calificaciones de la deudas soberanas.  El Comité Internacional de Rescate alertó al mundo de la inminente "catástrofe de hambre", bajo la cual otras 47 millones de personas -sobre todo en el Cuerno de África, el Sahel, Afganistán y Yemen- podrían verse en situación de hambruna.

Antes de la invasión rusa de Ucrania, los dos países se encontraban, por separado o juntos, entre los tres primeros exportadores de trigo, maíz, colza, semillas de girasol y aceite de girasol.  Los dos representan el 12 por ciento de todas las calorías alimentarias comercializadas globalmente.  Rusia es el mayor productor de fertilizantes.  El aumento del costo de la energía afecta todo.

En Ghana, la inflación roza el 25 por ciento, lo que reduce el poder adquisitivo.  En Nigeria, el banco central sorprendió a los mercados al subir las tasas en 150 puntos básicos.  Esta semana, Kenia aumentó las tasas de interés por primera vez en casi siete años, citando como argumento la interrupción de la cadena de suministro y la subida de los precios de las materias primas.

No hace falta ser un líder especialmente paranoico para intuir que se avecinan problemas. Muchos recuerdan los orígenes de la primavera árabe, que comenzó, al menos simbólicamente, en 2010 con la autoinmolación de un vendedor de verduras tunecino.  El aumento de los precios de los alimentos en 2007 y 2008 provocó disturbios en todo el mundo. Las protestas sudanesas que acabaron con el poder del dictador Omar al-Bashir en 2019, las desencadenó la subida del precio del pan.

Los líderes sienten la urgencia. Esta semana, Macky Sall, presidente de Senegal y de la Unión Africana, anunció que viajaría a Moscú.  Allí, presumiblemente, hará una petición a Vladimir Putin sobre las consecuencias del bloqueo ruso al puerto de Odesa en el Mar Negro que impide la salida de 20 millones de toneladas de trigo de Ucrania.  Probablemente sea esfuerzo perdido.

La invasión de Putin, y no las sanciones resultantes, es la principal causa de esta miseria. Aun así, Occidente debería tomarse en serio la queja de Sall de que las sanciones a los bancos rusos han dificultado, si no imposibilitado, la compra de cereales y fertilizantes a Rusia.  Un funcionario de la UE admitió que había una "falla" en el régimen de sanciones. Hay que arreglarlo.

A largo plazo, muchos países -sobre todo en África, donde la población urbana aumenta con mayor rapidez- deben reflexionar más sobre la seguridad alimentaria.  La Declaración de Maputo de 2003 comprometió a los jefes de Estado africanos a dedicar al menos el 10 por ciento de las asignaciones presupuestarias a la agricultura.  Pocos se han acercado.

En lugar de esforzarse seriamente por aumentar la producción nacional, demasiados gobiernos intentan tranquilizar a sus poblaciones urbanas con importaciones de alimentos. África es el consumidor de trigo que más crece aunque, fuera de unos pocos países como Kenia y Sudáfrica, se cultiva poco en el continente.

Los cultivos que se producen localmente necesitan mayor atención. El uso generalizado del teff, un antiguo grano etíope, en el Cuerno de África, es un buen ejemplo.  Entre los alimentos que podrían consumirse más ampliamente está la yuca, que se cultiva en África occidental y central, la cual puede convertirse en pan.  Los gobiernos también deben combatir la erosión del suelo y reconsiderar los cultivos modificados genéticamente.

Además de los alimentos, demasiados países dependen de la importación de fertilizantes. En África, Marruecos es uno de los pocos grandes productores.  Los países con grandes reservas de gas, como Mozambique, Tanzania, Costa de Marfil, Senegal y Mauritania, deberían desarrollar prioritariamente una industria nacional de fertilizantes.

En Nigeria, el empresario Aliko Dangote ha demostrado que es posible.  Este año inauguró una planta de fertilizantes en las afueras de Lagos con capacidad para producir 3 millones de toneladas de urea al año, lo cual la convierte en una de las mayores del mundo.  Según declaró a la CNN, su fertilizante se envía a EEUU, Brasil, México e India y obtiene valiosas divisas.  Sin embargo, el fertilizante de Dangote también debería ser la base de un impulso nacional para aumentar el rendimiento de los cultivos.

Los gobiernos tienen razón al preocuparse por el hambre que padecen sus poblaciones urbanas.  La solución es prestar más atención a sus agricultores.

Joshua Franklin

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