EJEMPLO. Cuando llegaron las vacunas contra el coronavirus, Michelle LaRue dio el ejemplo pidiendo que le colocaran su dosis. | Foto: Cortesía Casa Maryland
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En alguna parte del lóbulo frontal de Michelle LaRue se formó esa pasión de ir, por los que algunos dirían, en auxilio de las causas perdidas. Es decir, los pobres y desprotegidos. Ella más bien piensa que fue su padre, Frank LaRue, un incansable luchador por los derechos humanos en Guatemala, lo que inclinó la balanza al plato de salubrista pública, antes que al de un hospital.

“Me gusta el trabajo de los médicos en los hospitales, pero me empuja más el deber de ayudar a nuestra comunidad y como crecí sabiendo que los derechos humanos son muy importantes, entiendo que la salud es uno de esos a defender”.

Llegó a Arlington cuando era aún una “patojita”, como llaman cariñosamente a los niños en Guatemala. “Allá se hizo peligroso quedarnos. Crecí entre dos orillas y siempre con la idea de volver”. Lo ha hecho por varios años como voluntaria en hospitales rurales de su país.

Además de la influencia de su padre, su experiencia de niña traductora en los pasillos de la escuela modeló su futuro. Constantemente la paraba un administrador, una secretaria o un maestro para que hiciera el favor de traducir a los padres de familia. “Me daba alegría ayudar, pero me preguntaba por qué no tenían un servicio de tan frecuente necesidad”.

DEFENSORA. Desde sus tiempos de universitaria, LaRue ha defendido la salud para todos, porque es un derecho humano y un principio de justicia social. Foto: Cortesía Casa Maryland

No sin una conexión directa

Estudió biología en la en Pennsylvania State University y medicina en la Autónoma de Guadalajara y su año de internado en Nueva York. Como era uno de los pocos profesionales que hablaban español, todos los pacientes latinos terminaban en su consulta y ella encantada de atenderlos.

Con la garantía de que trabajo nunca faltaría porque la salud pública es uno de los patitos feos del sistema, optó por desligarse de la medicina hospitalaria y adentrarse por los derroteros del análisis, la comprensión, gestión, vigilancia y las respuestas a una crisis sanitaria, como una pandemia.

Comenzó manejando programas nacionales de salud pública, pero en su analítica de salubrista faltaba esa conexión directa con la comunidad. Quería ver con sus propios el resultado de cualquier política en la que ella podía incidir. Quería palpar que el sistema funciona y que el acceso es posible. Quería el contacto más estrecho con la gente, el abrazo, una sonrisa o un “qué alegría volver a verle”.

Eso lo ha encontrado en CASA Maryland, donde como directora de Salud y Servicios Humanos lidera un equipo de 50 profesionales. Antes de llegar donde está, trabajó en la National Alliance for Hispanic Health en proyectos sobre prevención del cáncer, diabetes, campañas de vacunación para que se pongan en práctica, sea en San Diego o Houston.

Hizo voluntariado en Arlington Free Clinic, allí se reencontró con su comunidad local, que ella lo repite como un mantra. “Me vine a CASA, básicamente a hacer lo mismo, pero con una conexión directa y permanente con la gente. Aquí puedo ver y sentir el impacto directo de nuestros programas de salud”.

COMUNIDAD. LaRue no es una profesional de la salud de oficina y escritorio, ella es una doctora que cree en educar e informar a la comunidad en los barrios donde vive. Foto: Cortesía Casa Maryland

La primera en arrimar el hombro

De ese trabajo incansable está agradecido Gustavo Torres, director ejecutivo de Casa. “La doctora es una líder innata que desde hace nueve años viene haciendo un trabajo extraordinario. Es nuestra guía en lo que tiene que ver con salud y en la pandemia ayudó salvar muchas vidas”.

Si se trata de empujar una causa a favor de la salud de los latinos, LaRue no duda en arrimar el hombro. Eso hizo durante las jornadas de la coalición de clínicas comunitarias para conseguir un seguro temporal para las embarazadas inmigrantes sin seguro. En el Congreso estatal de Maryland testificó sobre las dolorosas consecuencias para las mujeres y sus bebés causadas por la falta de atención temprana. Esa batalla se ganó, pero esta no es una profesional de quedarse a dormir en los laureles, su atención ya está puesta en hacer que eso cumpla.

“Aún con seguro la medicina es un negocio privado y caro. En una emergencia nos quedamos en bancarrota. La atención de salud para nuestra comunidad tiene muchos desafíos y debería ser lo contrario, porque para mí es un derecho humano innegociable”.

VOLUNTARIADO. Antes de llegar Casa Maryland, Michelle LaRue, hizo voluntariado en Arlington Free Clinic, haciendo voluntariado. Foto: Cortesía Casa Maryland

De casa en casa durante la pandemia

La frustración que le causa la negación de ese derecho tan básico no la altera, solo la anima a continuar. Porque, como dice Torres, es tan “tranquila, transparente, modesta, incansable, sencilla que se comunica con la gente con un lenguaje que todos entienden”. Él la vio trabajar en los momentos más atemorizantes de la pandemia. “Cuando todos estábamos asustados y nadie quería salir, ella iba de casa en casa a saber cómo estaban. Para mí eso se llama profesionalismo, humanismo y dedicación como nadie”. Ese esfuerzo le mereció un reconocimiento del gobernador de Maryland Larry Hogan.

Junto con su equipo fue difundiendo la información en español y poniendo en práctica lo aprendido y dando el ejemplo: casi imposible ver a LaRue sin su mascarilla.

No es que se resista a hablar de ella, de sus sueños, sus recuerdos infantiles o sus alegrías personales, solo que tiene la habilidad de siempre terminar en la trinchera que a la postre se ha convertido en la razón de su existencia: la defensa de un derecho humano llamado salud.

Con el mismo empeño con el que defiende la salud universal, se entrega a ganar un partido de béisbol, básquetbol y voleibol. El resto del escasísimo tiempo son para estar en familia, mejor si están sus sobrinos Alexa, Kayla, Andre, Marc y James. 

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