Osmán Milla
PREMIO. En 2021, la Alcaldía le entregó el reconocimiento en la categoría de Excelencia en Humanidades/Cortesía Osmán Milla
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En su infancia Osmán Milla nunca vio venir tantas oportunidades. Llegó a Estados Unidos dejando atrás una vida de muchas privaciones y poca escuela.

“En mi niñez, hubo un tiempo que mi mamá nos repartía un huevo para cinco. Deseábamos un pan de dulce, pero no había para comprar”. En su aldea El Encanto, que solo el nombre lo tiene bonito, no había ni agua potable ni electricidad.

El hondureño, a los 16 años, emprendió el viaje al norte. Cruzó bosques, ríos y desiertos. Un mes y medio más tarde llegó al hogar de sus hermanas Delicia y Ana, en DC.

De modales pausados y de una delatadora modestia, no habla de diplomas, becas o reconocimientos a los que se ha hecho merecedor. Por ejemplo, en 2021, la Alcaldía le concedió el premio a la excelencia en humanidades.

El germen de este reconocimiento surgió de una acción inconcebible a sus ojos. “Trabajaba en un restaurante y observaba que la comida fresca se tiraba a la basura, mientras en el recorrido a la universidad veía a la gente mendigando para comer. Le pedí al administrador llevármela para los pobres. Me dijo que sí”.

Así nació la leyenda urbana del joven inmigrante que todas las tardes iba repartiendo comida a los desamparados de camino a clases. “La sociedad solo juzga a las personas que viven en la calle, pero nadie se preocupa de sus historias ni de ver lo que hay detrás”.

Se hizo popular entre los sin techo, tanto que lo esperaban a afueras del restaurante. Entre ellos había un niño, hijo de una madre drogadicta. Para alguien, como Milla, quien sabe que cuando hay hambre, no hay pan duro, ofrecerles un bocado a los necesitados es su premio. 

Lamentablemente, la pandemia puso fin a esa labor humanitaria, aunque su altruismo continúa desde otros frentes.

La suerte de encontrar un mentor

Tuvo suerte. En la escuela Carlos Rosario conoció a Selvon Waldron, director de programas estudiantiles. Este se convirtió en su mentor y en su guía. Tenía 24 años, estaba terminando el GED y sin comprender para qué le serviría un diploma a un cargador de cajas de frutas, en el día; y, obrero de limpieza, en la noche; con solo los domingos libres para la lavandería y la compra. En el primer empleo estuvo 8 años y en otro 10.

“Era gentil y tímido, pero solo con verlo supe que llegaría lejos si alguien le enseñaba cómo hacerlo”, contó Waldron. “Venía de empacar tomates año tras año, no creía en él y mírelo ahora: aprendió inglés, trabaja en una organización sin fines de lucro, ayuda a los sin techo y estudia en University of the District of Columbia. Sus logros lo engrandecen y a mí me hace más humilde saber que en algo pude ayudarle”.

A Milla le faltan dos semestres para obtener su licenciatura en hotelería y turismo y en Heritage Foundation es coordinador de programas estudiantiles. “Quiero alcanzar una maestría en trabajo social, para seguir ayudando a la gente. Saber que cada noche pueden cenar, me da una alegría inmensa”. 

Todo por una sonrisa

La pobreza, a Milla, le hincó a dentelladas secas y calientes, pero no lo venció. La choza cubierta de hojas de palma y un porvenir que a los 12 años solo lo conducía a los sembradíos de maíz y fréjol son únicamente recuerdos. “La miseria fue muy difícil, pero no me hace daño, me sirve para darme cuenta que, con lo poco que tengo y con la ayuda de otras personas, puedo arrancar una sonrisa”.

Quizá muchas risas se vieron el día en que los habitantes de pueblos hondureños recibieron 20 cajas gigantes llenas de ropa y juguetes. Eran los damnificados de los devastadores huracanes, en 2020. Milla logró juntar esas donaciones, además de $10 mil para comprar medicinas, zapatos y 100 colchones.  

Su apostolado no descansa, hace muy poco, a través de GoFundMe, recaudó fondos para una beca en favor de un estudiante, auspiciado por United for Social Justice. Durante la pandemia logró donaciones de comida diarias para alimentar a ocho familias.  

De tal madre tal hijo

Tiene a quien salir. Laura Baquedano, su madre, es el concepto del desprendimiento personificado. Cuando sus hijos se aventuraron hacia el norte del Río Bravo se llevaron de ella sus bendiciones y un deseo: “Si a mí me faltó el estudio, no quiero que eso les falte”. 

Hablando de ella, Milla se emociona. “No es porque sea mi mami, pero es bien querida en el pueblo. Me enseñó a ser humanitario y a tener compasión”.

Cuando Milla tenía 13 años, Baquedano trajo a la casa a una anciana enferma, la alimentó y la cuidó hasta el final de sus días. Ya con sus hijos en Estados Unidos vio en el pueblito a tres hermanitos estaban sufriendo, los adoptó. “Ahora tenemos otra familia y todos son buenos”.

Durante la pandemia descubrió que le gusta la fotografía y decorar sus habilidades de pastelero, aprendidas en en sus clases de culinaria en la Carlos Rosario. El joven que un día, cansado de cargar cajas se preguntó si quería hacer eso el resto de su vida, hoy en día está claro en su objetivo: “Seguir trabajando por quien me pida, con la ayuda de Dios”.

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