Los arrestos de manifestantes por gritar consignas contra algunos miembros de la monarquía inglesa como el Principe Andrés han sido denunciados por un amplio espectro de personalidades de ambos lados del universo político. FOTO: EFE/EPA/NEIL HALL EPA-EFE/NEIL HALL.
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Expresar las ideas sin ser censurado, perseguido o controlado es un componente vital de una democracia que funciona.

Desde la muerte de la Reina, parece que algunas instituciones británicas están perdiendo el hilo, o al menos el sentido de la perspectiva. Se han pospuesto las carreras infantiles "como muestra de respeto"; se han cerrado los aparcamientos de bicicletas durante todo el período de luto real; se han cancelado las citas hospitalarias y las cremaciones. Incluso, el Banco de Inglaterra aplazó durante una semana una crucial decisión sobre las tasas de interés; por tanto, la alta inflación parece ser el legado que Isabel habría querido.

Y luego está la inquietante respuesta de la policía a los manifestantes antimonárquicos. A principios de esta semana, un agente exigió los datos de Paul Powlesland, un abogado, por la mala acción de sostener un papel en blanco afuera del Parlamento. Si se atrevía a escribir las palabras "No es mi Rey" en el papel, Powlesland podía ser arrestado, le advirtieron, porque "alguien podría sentirse ofendido".

A otras personas a las que se les declaró culpables de ofender a otros fueron aprehendidas formalmente. Alguien que gritó "¡Eres un viejo enfermo!" al Príncipe Andrés y una joven que sostenía una pancarta en la que se leía "Que se joda el imperialismo. Abolan la monarquía", fueron detenidos y acusados en Escocia. A otro hombre se le esposó y lo metieron en una camioneta de policía tras gritar "¿Quién lo eligió?" durante la proclamación de la adhesión del rey en Oxford. Más tarde, se le retiró la orden de aprehensión.

Estas acciones han creado un inusual grado de consenso. Desde el Telegraph hasta el Independent, desde Piers Morgan hasta Jeremy Corbyn, la dura respuesta de la policía ha sido condenada rotundamente. Ha habido un amplio acuerdo sobre la necesidad (seas republicano o monárquico) de proteger la libertad de expresión.

Esto es, por supuesto, absolutamente correcto: tener la libertad de expresar ideas sin ser censurado, perseguido o controlado es un componente vital de una democracia que funciona y debe protegerse ferozmente, incluso cuando el costo de hacerlo sea ofender o molestar a la gente. De no hacerlo, los últimos años de creciente autoritarismo en Hong Kong son un ejemplo preocupante de lo que puede ocurrir, muy rápidamente.

Pero aunque es refrescante ver una concordia de este tipo en todo el espectro político, el hecho de que sea tan poco común es preocupante. La libertad de expresión solía ser un principio sagrado de la izquierda: era el bando que daba voz a los sin voz y desafiaba el estatus. El debate libre y abierto era la vía para el progreso.

Sin embargo, en los últimos años, un amplio y ruidoso sector de la izquierda ha abandonado esta doctrina. Incluso el término "libertad de expresión" se ha convertido en una frase polémica que se considera al mismo nivel que la denominada "cultura de la cancelación": una obsesión de la derecha que es motivo de impaciencia y que, en el mejor de los casos, no es un problema o, en el peor, encubre el fanatismo. Los llamados "defensores de la libertad de expresión" son unos estirados que se sonrojan al expresar sus disparates y probablemente hasta racistas, el tipo de personas cuyas opiniones pueden ignorarse tranquilamente.

La razón por la cual los defensores de la "libertad de expresión" no patalean por cosas como ésta es muy sencilla", tuiteó Owen Jones, el experto de izquierdas, en respuesta a la noticia de la detención de un manifestante en contra de la realeza el pasado fin de semana. "La 'libertad de expresión' que realmente les importa es el derecho a decir cosas intolerantes y estigmatizantes sobre las minorías".

Jones no solo se equivocó (los más destacados "guerreros de la libertad de expresión", desde la Free Speech Union hasta Spiked Online, una revista libertaria, sí han estado "haciendo un escándalo", en voz alta) sino que al tratar de señalar la hipocresía de la derecha, reveló la falta de sinceridad de sus preocupaciones por la libertad de expresión. Incluso el hecho de que Jones haya usado las comillas para separarse del término "libertad de expresión" sugiere que se siente incómodo con la idea (aunque, por supuesto, declararse abiertamente en contra de la libertad de expresión no es algo que pueda hacer un autoproclamado "antifascista").

Ruth Smeeth, exdiputada laborista que ahora es directora general de Index on Censorship, está preocupada por el grado de abandono por parte de la izquierda. "Todo movimiento progresista, ya sean los derechos civiles, los derechos de la mujer, los derechos de los homosexuales... ya han olvidado cómo se ganaron esas batallas", me comenta. "Y cuando no entiendes tu historia es muy fácil olvidar por qué algunos derechos fundamentales son tan increíblemente importantes".

Tanto la izquierda como la derecha son culpables de respaldar la libertad de expresión solo cuando les conviene, y el gobierno conservador ha demostrado una total falta de coherencia ideológica en este tema. Pero solo la izquierda se burla de los "guerreros de la libertad de expresión" y parece haber perdido el interés incluso en defender la libertad de expresión como principio.

El peligro es que, al designar algunas cuestiones como no debatibles, al negarse a dialogar con la otra parte y al insistir en que "las palabras son violencia", la izquierda social activista empuja a sus oponentes a posturas cada vez más extremas.

Jemima Kelly

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