El premier de China, Li Keqiang (C), durante una alocución en la ceremonia de apertura del vigésimo congreso nacional de Partido Comunista de China. Le acompañan el actual presidente de la nación Xi Jinping (D) y el presidente ejecutivo del comité nacional del partido, Wang Yang (I). FOTO: EFE/EPA/MARK R. CRISTINO.
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Su probable ratificación como líder se produce en medio de los esfuerzos por combatir las amenazas internas y externas.

En el 20º Congreso Nacional del Partido Comunista de China, que se celebra esta semana, Xi Jinping será reelegido líder de la nación por un tercer mandato sin precedentes. La esperada ratificación es un momento histórico desde el punto de vista político, militar y económico para la emergente superpotencia mundial.

Políticamente, el congreso pondrá fin a un periodo de dos décadas definido por las previsibles transiciones de un líder a otro tras dos mandatos. La esperada ratificación de Xi, ahora posible por la eliminación del límite de dos mandatos que se aprobó en 2018, significa que no solo continúa como líder sino también como jefe de la Comisión Militar Central, que controla las fuerzas armadas. Es probable que en marzo sea nombrado nuevamente presidente, una función más ceremonial.

Una medida del dominio que tiene Xi se refleja en el hecho de que casi no se ha prestado atención a los numerosos cambios de personal que habrá en el congreso. Está prevista la presentación de un nuevo comité central, compuesto por unos 200 miembros titulares y 170 suplentes, un politburó de 25 miembros y un Comité Permanente del Politburó de siete personas.

Pero la importancia del congreso radica en el respaldo que brinda a las políticas de reestructuración de China y en su postura ante el mundo. Lo más importante de eso es lo que el grupo de expertos Merics denomina la "integración de todo al ámbito de seguridad". El concepto de "seguridad nacional integral" que tiene Xi abarca ahora no menos de 16 áreas diferentes, entre ellas la política, la economía, la cultura, la tecnología, el espacio y los intereses en el extranjero.

En su discurso del domingo ante el congreso, Xi advirtió de "graves acontecimientos internacionales" que no se han visto en los últimos 100 años. El líder más poderoso de China desde Mao Zedong también arremetió contra el "acoso" por parte de potencias extranjeras y reiteró su compromiso de tomar el control de Taiwán, muy posiblemente por la fuerza militar.

Esta mentalidad de amenaza es la que domina la visión del mundo de Xi. Una estrategia de seguridad nacional para el periodo 2021-2025 (que se adoptó a finales de 2021 pero que no se ha hecho pública) pretende impulsar a los organismos del partido y del Estado para que combatan todas las amenazas internas y externas a la esfera de la seguridad de una China en expansión.

Se vislumbran nuevas reglas y movimientos de masas a medida que Pekín construye una "fortaleza China" capaz de resistir lo que considera los esfuerzos de Occidente liderados por Estados Unidos para frenar su progreso. Un ejemplo reciente son las órdenes a los agricultores de cultivar más productos básicos para fortalecer la seguridad alimentaria.

Pekín tiene razones para considerar las recientes acciones de EEUU como hostiles. La Casa Blanca presentó la semana pasada una estrategia de seguridad nacional, destinada en parte a frenar el ascenso de China. Las nuevas restricciones de este mes prohíben la exportación a China de semiconductores estadounidenses que ningún competidor extranjero puede suministrar. También imponen requisitos de licencias de exportación a las plantas con sede en China que fabrican chips de vanguardia.

Sin embargo, si la respuesta de Pekín es atrincherarse y poner una camisa de fuerza de seguridad a su economía y a su gente, corre el riesgo de asfixiar el espíritu empresarial que ha impulsado la notable transformación económica del país en las últimas tres décadas.

La ralentización estructural ya ha llevado al Banco Mundial a predecir que este año la tasa de crecimiento del PIB chino será inferior a la del resto de Asia por primera vez desde 1990. Gran parte de esta desaceleración es el resultado de racionalizar necesariamente el mercado inmobiliario. Pero también el énfasis de Pekín puesto en la propiedad estatal y el control administrativo está aplacando el espíritu empresarial.

China debería recordar que lo que caracterizó sus privaciones bajo el mandato de Mao es la construcción de una economía de fortaleza dirigida por funcionarios que perciben amenazas por doquier. A su vez, Occidente debería reconocer que, si China se hunde, el mundo perderá su fuente más poderosa de crecimiento económico.

La Junta Editorial

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