El mariscal de campo de los Bucaneros de Tampa Bay, Tom Brady, es una de las celebridades que se han visto enredadas en el debacle de la bolsa de cripto activos FTX. FOTO: EFE/EPA/CHRISTIAN BRUNA.
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La quiebra de FTX es un reflejo de cualquiera de los colapsos financieros típicos del pasado.

Si la bancarrota de FTX y el derrumbe paralelo de todo lo relacionado con las criptomonedas nos han demostrado algo, es que esta vez tampoco ha sido diferente en lo que se refiere al sector financiero y el riesgo.

Puede que el producto que está en el corazón del actual colapso del mercado sea de alta tecnología, pero los detalles de cómo hemos llegado a esta situación recuerdan muchos aspectos de la crisis financiera de 2008, y de otros períodos de especulación financiera como la burbuja de las puntocom, o incluso los momentos previos al derrumbe del mercado de 1929.

Empecemos por el catalizador de la crisis. FTX no es "demasiado grande para quebrar" pero, al igual que con los bancos en la crisis de las hipotecas de alto riesgo, fue una compañía de inversiones, llamada Alameda Research y creada por el fundador de FTX, la que realizó operaciones opacas que propiciaron la quiebra. Los préstamos simples o la formación de mercados se vuelven aburridos y surge la tentación de obtener mayores beneficios y correr mayores riesgos haciendo negociaciones financieras complejas.

El hecho de que Alameda podía realizar sus operaciones con criptomonedas en la plataforma FTX, beneficiándose potencialmente de información que otros operadores de la plataforma no tenían, también trae a la mente las diferentes maneras en las cuales los grandes bancos pueden operar, por ejemplo, con activos de materias primas, pero también comprar los bienes físicos que se negocian, lo que en esencia les da información privilegiada.

Este tipo de conflicto de intereses salió a la luz hace varios años durante el escándalo en 2013 por el acaparamiento de aluminio que hacía Goldman Sachs.  También está omnipresente en el ámbito de las plataformas tecnológicas, donde empresas como Amazon actúan simultáneamente como plataformas comerciales y como proveedores de sus propios productos.

Pero es aún más problemático en el ámbito de las Fintech, ya que mezcla todo el riesgo de las transacciones financieras complejas con la poca transparencia algorítmica de las Big Tech.

Esto es especialmente cierto en el mercado de las criptomonedas, donde los bienes con los que se negocia están completamente desconectados de la economía real. ¿Cómo puede un inversionista entender el interior de tal caja negra?

Si bien FTX operaba en el mundo digital, su quiebra fue totalmente analógica. Una vez que se hizo evidente que la empresa estaba en problemas, se produjo una clásica corrida de depósitos. Los inversores de FTX querían retirar $5.000 millones, pero la plataforma sólo tenía activos vendibles por $900 millones frente a un pasivo de $9.000 millones. Eso en sí mismo es imperdonable.

Dado que FTX es una plataforma de intercambio, en teoría no había ninguna razón (aparte del mal juicio) por la cual no debiera tener lo suficiente para devolver el 100% del dinero de sus clientes en cualquier momento.

Pero la industria de las criptomonedas no es la única parte del sector financiero a la que le gusta tener el menor capital posible para hacer frente a los riesgos del negocio diario. Si bien los grandes bancos de Estados Unidos actualmente mantienen un 13% de capital frente a los activos (es decir, los préstamos), comparado con el 8% en 2008, están presionando mucho para que se relajen esos requisitos de capital.

Algunos reguladores se inclinan por dejar que los bancos se salgan con la suya, con la esperanza de que puedan apuntalar mejor el mercado de letras del Tesoro estadounidense, que está necesitado de compradores en una era de desvinculación comercial y cambiaria. No les importa que EEUU probablemente se dirija a una recesión, y que inversores como Paul Singer adviertan que se avecina un mercado tan malo como ninguno desde la Gran Depresión.

Todo ello sugiere una pregunta más amplia: ¿para qué sirven realmente todas estas operaciones especulativas, ya sea en criptomonedas o derivados financieros?

¿Tienen alguna relación con el papel tradicional de la industria financiera, que es la canalización del ahorro productivo hacia la inversión productiva? ¿O se trata principalmente de mover los activos existentes (reales o virtuales) en un systema cerrado de crecimiento financiero interno que beneficia en gran medida a un pequeño puñado de operadores ricos?

Y si es esto último, ¿por qué seguimos permitiéndolo? No parece que tenga mucha utilidad social.

Esta pregunta es especialmente relevante para los mercados privados de criptomonedas. Estoy a favor de los esfuerzos que hacen los bancos centrales para crear monedas digitales soberanas, que creo que en última instancia darán lugar a un sistema financiero más eficiente y productivo. Pero siempre me ha parecido retrógrada la idea, apoyada por muchos defensores de las criptomonedas, de que las monedas digitales privadas son de alguna manera una gran cobertura para un mundo posterior a la relajación cuantitativa en el que la política monetaria blanda y el estímulo fiscal provocarán juntos una inflación aún más alta. ¿Habría alguien en el mercado de estos activos si no estuviéramos llegando al final de un largo ciclo de dinero barato?

La respuesta parece ser que no, dado que ahora estamos viendo un efecto dominó de inconvenientes con los criptoactivos —desde los gemelos Winklevoss que se vieron obligados a suspender los retiros de su programa de préstamos de criptomonedas hasta los problemas de otros grandes prestamistas como BlockFi, y numerosos otros corredores de criptomonedas y fondos de cobertura.

Otro aspecto similar con las crisis financieras del pasado es que incluso los grupos de auditoría que se suponía que debían examinar los libros de dichas instituciones parecen dudosos, lo que no es una sorpresa dado que las normas de contabilidad para las criptomonedas son, en el mejor de los casos, incompletas. Al igual que en la crisis de 2008, no estuvo presente ni la regulación ni la responsabilidad del sector privado. El sector bancario formal, y más aún los bancos en la sombra, han logrado convencer a los funcionarios públicos hace décadas de que son un sector "especial" capaz de gestionar el riesgo que otros no pueden.

¿Por qué seguimos permitiendo que crezcan y estallen burbujas especulativas tan evidentes? Tal vez porque los alquimistas financieros son muy buenos vendiendo su idea a los políticos. Antes de que su empresa implosionara, el fundador de FTX, Sam Bankman-Fried, era un gran donante de los Demócratas y estaba involucrado en una importante ofensiva de encanto en Washington diseñada para legitimar la criptografía. Como siempre, el dinero y el poder son dos caras de la misma moneda.

Rana Foroohar

Derechos de Autor - The Financial Times Limited 2021.

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