EXPERTA. La doctora Ana Sierra, estudió ciencias políticas y psicología. Se inclinó más por la segunda | ANA SIERRA COUNSELING
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Quería ayudar a los inmigrantes desde la política, pero dio un giro abrupto y hoy lo hace de una manera integral a través de la salud mental. La doctora Ana Sierra es psicóloga, con una maestría en la salud de latinos y un doctorado en servicios de trauma.

Estudió en la universidad jesuita Saint Peter de Nueva Jersey, con el objetivo de graduarse de Ciencias Políticas, tras experimentar como inmigrante los retos a los que se enfrentan los recién llegados a Estados Unidos.

“Yo empecé la carrera, porque cuando llegué acá me di cuenta que uno como latino era tratado diferente. Y yo quería cambiar eso”, dijo durante una conversación con El Tiempo Latino.

Tenía apenas 19 años cuando fue seleccionada para un programa de becas de la Casa Blanca en el verano de 2004, durante el gobierno de George W. Bush.  Se trataba del programa White House Initiative on Educational Excellence for Hispanic Americans.

La joven Ana Sierra iba por buen camino. Estaba en el centro de poder del gobierno más influyente del planeta. “Fue una experiencia muy buena. Me interesaba mucho la posibilidad de cambiar las cosas a través de la política”, comentó.

Sin embargo, a medida que observaba de cerca los entretelones de la política en Washington el sueño se le iba cayendo, hasta que un comentario terminó de convencerla para dar el giro.

“Un lobista (cabildero) me dijo que si yo no aprendía a manipular a la gente no iba a tener éxito, y eso no me gustó”, expresó.

Tres profesiones, una pasión

Finalmente culminó ciencias políticas y estudió en paralelo psicología. También obtuvo un certificado en educación. Hoy a sus 39 años, aplica todo lo aprendido y si bien no cambia leyes, ayuda a cambiar la realidad de las personas para mejorar desde su interior.

Fundó Ana Sierra Counseling, una práctica privada con varios profesionales en su equipo y cuenta con licencia para ejercer en Maryland, Virginia y el Distrito de Columbia.

Además, está certificada por los Tribunales Superiores de DC como experta en la materia de terapia infantil y de trauma.

A la vez trabajó para la organización International Justice Mission en la Región de Latinoamérica, con niñas que habían sido víctimas de tráfico humano y abuso sexual.

En este campo, Sierra era la única mujer para capacitar a los equipos de intervención en los casos. “La atención posterior es importante y se necesitaba que los equipos estuvieran capacitados para responder a esa necesidad. No solo basta con que rescaten a las niñas o arresten a los agresores sino en lo que sigue después. ¿Cuál es el seguimiento que se da?”, apuntó.

En Washington, la doctora trabaja desde su práctica privada y con organizaciones que asisten a la comunidad latina. “Hay mucha necesidad entre las familias hispanas. El hecho de ser inmigrante ya es un factor que podría sumar a cualquier otro problema”.

Latina Healing Institute

El espíritu de abogacía o activismo le sale a la doctora Sierra por los poros. El solo escucharla hablar con pasión sobre el tema de mujeres, igualdad y procesos de sanidad, contagia. Este año cofundó el Latina Healing Institute, junto a la agente especial Alani Bankhead de Hawaii.

“El Instituto tiene como objetivo brindar un espacio de sanación para las mujeres latinas”, comentó Sierra. “Allí pueden encontrar apoyo, comunidad, fortaleza y alegría entre sí. También herramientas profesionales para reforzar su confianza y desarrollar su potencial para lograr la mejor versión de sí mismas”, añadió.

Redes sociales, podcast

Si bien no tiene un salón de clases para enseñar, la doctora Sierra cuenta con una plataforma más amplia para llegar a decenas de personas. Usa Tik-Tok, Facebook, Instagram y pronto un podcast para instruir y educar a los hispanos sobre temas que impactan nuestra salud mental. 

FAMILIA. La doctora Ana Sierra con su madre, en Maryland. Foto: Familiar

Separación de familias, parte de su historia

Nació y se crio en San Pedro Sula, la ciudad más grande de Honduras. En sus recuerdos de infancia tiene bellos momentos junto a sus padres y hermano. “Mi padre era militar de la Fuerza Aérea, por lo que tuvimos bastantes oportunidades económicas y una buena educación”, contó.

Sin embargo, a los 9 años la vida le cambió. Sus padres emigraron a Estados Unidos y ambos hermanos se fueron a vivir a casa de la abuela.

“La casa de la abuela parecía una guardería”, dice Sierra. Porque mis otros tíos también viajaron a Estados Unidos y dejaron a mis primos con mi abuela. “Éramos ocho niños de tres familias”, apuntó. Les tomó cinco años para reencontrarse. 

El encuentro no fue como ella se lo había imaginado. “Había pensado que todo iba a ser muy feliz pero no fue así. Mis padres eran dos desconocidos para mí. Y yo también lo era para ellos. Me habían dejado como niña y ahora yo era una adolescente”.

Sierra llegó a New Jersey, donde se habían establecido los padres. 

En los zapatos ajenos y proceso de sanidad

El resentimiento y sentido de abandono quedó en ella por un tiempo. “Yo entendía por qué ellos se fueron, pero emocionalmente no estaba preparada”, dijo.

Esa situación es la que viven miles de inmigrantes que se reencuentran con sus hijos después de muchos años. “Yo puedo entenderlos mejor y guiarlos a un proceso de sanación”, contó la doctora, quien en su adultez tuvo recibió terapia para sanar.

“Era difícil porque de niña perdí a mis padres. Lo bueno es que me quedé con mi abuela a quien la considero como mamá también”, expresó.

Otra pérdida fue de espacio y privacidad. “Vivíamos en una casa grande. Yo tenía mi cuarto y mis cosas, pero luego tuve que ir a vivir a casa de mi abuela con mi hermano y mis seis primos”, recordó.

Situaciones parecidas son las que enfrentan sus clientes. “Muchos de ellos sufren la pérdida emocional de sus padres cuando éstos emigran a Estados Unidos. Cuando se reunifican y se dan cuenta que son desconocidos, sufren una segunda pérdida emocional, que les va a impactar”, aseveró.

Es por ello que las terapias son clave y de mano de una hondureña, que mantiene una sonrisa contagiosa, es mucho mejor.

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