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¿Puede el viaje de un hombre por las carreteras de Cuba reparar 56 años de desconexión cultural?

Cueto muestra una de sus figuras de béisbol.


           
   

Charlie Archambault/Para The Washington Post

Cueto muestra una de sus figuras de béisbol.

Parte de su colección de objetos y cerámicas de “I Love Lucy”.


           
   

Charlie Archambault/Para The Washington Post

Parte de su colección de objetos y cerámicas de “I Love Lucy”.

Emilio Cueto publicó su libro "La Virgen de la Caridad del Cobre en el alma del pueblo cubano".  La directora de la biblioteca de Santiago, Reyanis Ojeda recibe una copia del libro.


           
   

Sarah L. Voisin/The Washington Post

Emilio Cueto publicó su libro "La Virgen de la Caridad del Cobre en el alma del pueblo cubano".  La directora de la biblioteca de Santiago, Reyanis Ojeda recibe una copia del libro.

La vida de Emilio Cueto —en uno de sus dos apartamentos conectados en Washington, DC— se resume en una colección de recuerdos de Cuba que se divide entre Cuba y Estados Unidos.


           
   

Charlie Archambault/Para The Washington Post

La vida de Emilio Cueto —en uno de sus dos apartamentos conectados en Washington, DC— se resume en una colección de recuerdos de Cuba que se divide entre Cuba y Estados Unidos.

"Éste no es un libro", dice el historiador Víctor Marrero, en la biblioteca de Las Tunas. "Éste es un evento cultural."


           
   

Sarah L. Voisin/The Washington Post

"Éste no es un libro", dice el historiador Víctor Marrero, en la biblioteca de Las Tunas. "Éste es un evento cultural."

Finalmente, llega a la Basílica de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en las afueras de la ciudad de Santiago. Entra en una estancia donde los peregrinos dejan regalos de agradecimiento a Cachita y él deja solemnemente un ejemplar de su libro allí.


           
   

Sarah L. Voisin/The Washington Post

Finalmente, llega a la Basílica de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en las afueras de la ciudad de Santiago. Entra en una estancia donde los peregrinos dejan regalos de agradecimiento a Cachita y él deja solemnemente un ejemplar de su libro allí.

A pesar de los talismanes, el Moskvitch se rinde. Mientras que De los Ríos desaparece bajo el capó para cambiar una pieza, un agricultor deambula en un carro tirado por un caballo arrastrando un guacal verde gigante. Sudando en el sol, Cueto está de buen humor. "Nada es fácil", dice.


           
   

Sarah L. Voisin/The Washington Post

A pesar de los talismanes, el Moskvitch se rinde. Mientras que De los Ríos desaparece bajo el capó para cambiar una pieza, un agricultor deambula en un carro tirado por un caballo arrastrando un guacal verde gigante. Sudando en el sol, Cueto está de buen humor. "Nada es fácil", dice.

Emilio Cueto hace una seña para tomar un taxi bicicleta, el principal medio de transporte para los que no tienen un caballo, aquí en Camagüey, la tercera ciudad más grande de Cuba. Los coloridos Chevys 1950 que se observan en las imágenes de la isla prohibida y súbitamente de moda, han regresado a la zona turística de La Habana, a 335 millas de distancia. Ésta es la Cuba real.

Una hermosa plaza colonial llamada Plaza de los Trabajadores está repleta de peatones vigilados por grandes retratos del Che Guevara y de varios poetas que son casi tan venerados como el héroe revolucionario, en esta ciudad de poetas.

¡”Emilio”! grita un hombre en medio de la multitud. ¡”Saliste temprano”!

“Siempre es agradable que te reconozcan en tu propio país”, dice Cueto, mientras el conductor del bicitaxi comienza a pedalear.

—You can read this story in English here: Can one man’s Cuban road trip fix 56 years of cultural disconnect?

El domicilio permanente de Cueto, quien nació en La Habana, está en el noroeste de Washington y consiste de dos apartamentos conectados que él ha transformado en un museo privado y un archivo de todo aquello que es cubano. Los profesores y diplomáticos que lo visitan quedan atónitos ante una de las colecciones personales de la cultura cubana más significativas en el mundo. Se refieren a ésta como la “Emilioteca”, imitando la palabra “Biblioteca”.

En abril de 1961, una semana después de la invasión de Bahía de Cochinos, su madre lo envió a los Estados Unidos. Cueto tenía 17 años. Fue uno de los miles de cubanos desarraigados, conocidos como “Peter Panes”. Más tarde, a mediados de la década de 1970, fue uno de los primeros exiliados en regresar de  visita a la isla. Y continuó visitándola.

Ahora, a los 71, Cueto cuenta con dos pasaportes – el estadounidense y el cubano – y considera ambas naciones esenciales para su identidad. En esta temporada de acercamientos cautelosos entre antiguos enemigos geopolíticos, la historia de Cueto es emblemática. Los diplomáticos en Washington y La Habana están encontrando un camino a través de un puente que Cueto y algunos otros han estado construyendo en la oscuridad durante muchos años.

“Yo cambio a Cuba un cubano a la vez”, dice Cueto.

Hay que compadecerse del  jadeante bicitaxista, porque en la parte trasera carga 15 copias del nuevo libro de Cueto, una lujosa edición ilustrada de 560 páginas que pesa, por lo menos, siete libras. El tema del libro es el largo y extraño viaje de una pequeña estatua de la Virgen de la Caridad que fue encontrada flotando en alta mar, hace 400 años.

Apodada “Cachita”, esta expresión de la madre de Cristo se convirtió en la patrona católica de Cuba, y fue adoptada por los seguidores de la santería. Cachita se convirtió en un símbolo nacional, ingresó a la cultura pop, pasó a la clandestinidad durante la revolución, y recientemente hizo su regreso triunfal a la vida pública. Ella trasciende la política y la religión, y es tan apreciada en Miami como en La Habana. Ésta es la razón por la cual Cueto considera tan vital su quijotesca misión.

El paseo en bicitaxi no es más que un pequeño paso en esta odisea de 1.500 millas y un mes de duración, que lo llevará de un extremo al otro de la isla y viceversa. Cueto está donando a Cuba 2.000 copias de su libro sobre la Virgen. De éstos, la Iglesia Católica cubana está distribuyendo 1500. El propio Cueto entregará los  500 restantes a las bibliotecas centrales de las 15 provincias de Cuba, y a historiadores y estudiosos.

La logística es loca. En Cuba, “nada es fácil”, dice Cueto. “Nada es fácil”. Viajando entre ciudades en autos viejos rusos y chinos alquilados o prestados – libro-móviles de dudosa fiabilidad – o en los autobuses públicos, planea llegar a cada biblioteca provincial tambaleándose bajo el peso de un número suficiente de ejemplares para distribuirlos en cerca de una docena de bibliotecas municipales de cada provincia.

En esta Cuba prácticamente pre-digital, el viaje por carretera es la forma más sencilla que Cueto conoce  para asegurarse de que el mayor número posible de cubanos tengan acceso al libro. Pocas, si acaso alguna, de las nuevas obras de escritores exiliados han disfrutado de tan amplia difusión. Cueto tiene que regalarlas,  porque las bibliotecas locales no pueden permitirse el lujo de comprar esta enciclopedia cultural que él vende por $80 fuera de Cuba, más de tres veces el salario medio mensual local.

Así como la Virgen del libro de Cueto es un emblema de un terreno común entre la comunidad de exiliados cubanos y la que nunca se fue, su misión es un elaborado gesto de diplomacia personal. En el camino, él tendrá que confiar en la amabilidad de extraños y de viejos amigos. Y esto nunca es sencillo cuando se  regresa del exilio.

Cruzar el umbral de la casa de Cueto en Washington es sumergirse dentro de siglos de historia cubana. Es un oasis de erudición y arte popular: cuernos de pólvora que datan de la toma de La Habana por los ingleses en 1762; platos de porcelana del siglo 19 que representan escenas de Cuba; raras litografías coloniales; frascos holandeses de cerámica para mantener la frescura del tabaco cubano; la cobertura periodística de la guerra de independencia contra España  en 1898; los decretos revolucionarios que establecieron el nuevo gobierno en 1959; una botella de cerveza José Martí American porter; obras artísticas  originales de Antonio Prohias, el exiliado cubano que transformó su historieta cubana popular, “El Hombre Siniestro”, en “Spy vs Spy” para la revista Mad.

Cada pie cuadrado de la docena de habitaciones – incluida una donde está su cama apretujada, como si la hubiera colocado ahí de manera improvisada  – se dedica a la Emilioteca. Cámaras y pasillos están llenos de estanterías y vitrinas,  o subdivididos en pasillos laberínticos de archivos verticales. Un armario guarda secretos de mapas de Cuba. Otros, deporte cubano. Los armarios de la segunda cocina están llenos de libros de cocina cubana. Cueto tiene una base de datos de 5.500 canciones y cientos de partituras compuestas por extranjeros e inspiradas en Cuba. Las utiliza para organizar conciertos musicales en Cuba, con música que la mayoría de los cubanos probablemente nunca han escuchado.

La sensación de caos es ilusoria, porque todo está organizado de acuerdo a un misterioso sistema que permite a Cueto localizar cualquier cosa al instante.

“No hay tema sobre el que no tenga algo”, dice Cueto, un abogado jubilado del Banco Interamericano de Desarrollo. Nunca se casó, vive frugalmente y no tiene auto. Durante más de 40 años, ha dedicado todo su tiempo y dinero extra a la búsqueda de Cuba.

“El eco de Cuba es tan enorme, en tantos lugares, formas, países y épocas”, dice. “Se puede medir el poder de la cultura cubana a través de eso. Esto no viene de un lugar tranquilo, viene de un lugar que levanta olas”.

Cueto heredó ese espíritu audaz. A principios de la década de 1970, su madre, todavía en La Habana, enfermó gravemente y él quería verla. El gobierno cubano no le daba la visa. Después de una campaña de envío de cartas durante cuatro años y la amenaza de encadenarse a sí mismo a una bandera cubana en una asamblea de la UNESCO, se le permitió ir a visitar la isla en 1977, la primera vez en 16 años.

Se dio cuenta de que los Estados Unidos le había proporcionado libertad política y oportunidad económica, pero Cuba le había otorgado su lengua y su cultura, y quería una relación más significativa con esa parte de su ser.

“Yo estaba dispuesto a dejar a un lado mi dolor para trabajar con personas que no tenían nada que ver con mi dolor”, dice. “No fui a encontrarme con Fidel y los generales. Me reuní con la gente común, mientras investigaba en las bibliotecas,  en los museos. … Nos dimos cuenta de que teníamos mucho en común”.

El coleccionista puede tener opiniones, pero su colección es imparcial. Máscaras satíricas de Fidel Castro y libros sobre derechos humanos conviven con las obras completas de Castro y Guevara, no sólo en español, sino también en inglés, italiano, alemán y turco.

“Mi casa es una metáfora de lo que debería ser Cuba”, dice. “Debemos ser capaces de vivir juntos con puntos de vista opuestos”.

Y para ello, la Emilioteca se ha convertido en un lugar donde las personas con fuertes desacuerdos sobre Cuba se sienten bienvenidos.

“Es el mayor templo privado de la cultura cubana fuera de Cuba”, dice José Ramón Cabañas, jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington.

Rafael Peñalver, un locuaz abogado y preservacionista de origen cubano, que vive en Miami y quien nunca ha regresado porque piensa que los viajes sólo sirven para llenar las arcas del régimen, aplaude los esfuerzos de Cueto.

“La historia dirá que Emilio jugó un papel importante en la preservación de la cultura cubana durante estos años en los cuales el país estuvo completamente empobrecido en todos los sentidos”, dice Peñalver. “A él le motiva el principio de no permitir que las divisiones presentes borren nuestra visión de la Cuba eterna que todos compartimos”.

Rosa Miriam Elizalde, editora de Cubadebate, el servicio noticioso pro-cubano en línea con sede en La Habana , cubrió recientemente las conversaciones diplomáticas en Washington y aprovechó la oportunidad para visitar la Emilioteca.

“Puedes tocar los primeros momentos que forjaron la identidad cubana desde el siglo 18”, dice. “Todos nosotros estudiamos esto en la escuela, pero nunca vimos los originales. Tuve que ir a Washington para verlos”.

Cueto destaca algunas facetas de su colección de libros y monografías. Su libro sobre la Virgen, en colaboración con el fotógrafo cubano Julio Larramendi y la diseñadora cubana Yamilet Moya Silva, es su número cinco. Cuatro más están en producción, entre ellos uno sobre la cultura cubana en los Estados Unidos.

Su estudio realizado en 2010 sobre Frederic Mialhe, el artista francés del siglo 19 cuyas imágenes introdujeron la isla al  resto del mundo, ganó el Premio Catauro Cubano por la mejor obra cultural. Al presentar el premio, el presidente de la Unión de escritores y artistas cubanos describió a Cueto como “un pájaro raro, lleno de curiosidad y amor por su país. A pesar de que no puede vivir en su país, vive dentro de él, y por él”.

Cuando la directora de la biblioteca provincial de Camagüey, Carmen Diego Fonseca, oyó que Cueto planeaba llevar sus libros  allá, le  insistió para que asistiera al simposio anual de dos días de escritores y dictara allí una conferencia.

“Eso no me lo esperaba”, dijo Cueto más tarde. “¡Es la biblioteca provincial de un país comunista!”

Pero los cubanos están encantados de darle al exiliado la bienvenida a casa y jugar un papel en esta celebración de la cultura compartida.

El bicitaxi se detiene frente a una antigua mansión blanqueada. Diego y otros eruditos locales se reúnen en el vestíbulo para abrazarlo.

Cueto aborrece la intolerancia de la disidencia y el control sobre la vida de las personas en la isla. Sin embargo, su aprecio por las virtudes de Cuba le gana el espacio para comentar sobre sus defectos sin causar ofensa. Esto se hace evidente en la biblioteca de Camagüey, cuando saluda a su vieja amiga Soledad Cruz, escritora y ex embajadora de Cuba ante la UNESCO. Comienzan a dialogar sobre las conversaciones diplomáticas. Cruz critica la llamada tierra de la libertad que prohíbe a la mayoría de los ciudadanos viajar a Cuba. Cueto está de acuerdo y llama a la política de viajes de los Estados Unidos “inaceptable”. Pero Cruz va demasiado lejos cuando sugiere que Cuba ha sido un dechado de libertad para viajar.

“No, no, no, mi amor”, dice Cueto, alzando la voz. “He vivido esta historia. Yo la viví”. Su mente se inunda con los recuerdos de cuando intentó desesperadamente  visitar a su madre.

Sus voces se levantan de nuevo cuando opinan sobre cuál país es más culpable del inicio del  congelamiento de 50 años en las relaciones. Cueto entiende el resentimiento cubano por la larga historia de intervencionismo estadounidense. Pero Cruz pinta a Castro como una víctima inocente de la hostilidad estadounidense.

“No, perdóname, mi amor. He pasado 50 años estudiando el tema “, dice Cueto.

Cruz sonríe ante la indignada auto-certeza de Cueto, igual a la suya. Ella le toca el brazo y le dice: “Te amo porque eres un verdadero cubano.”

Ambos observan cómo decenas de personas fluyen a la biblioteca para el simposio, que se centrará en la historia y la literatura local.

“Esta es lo mejor que Cuba tiene para ofrecer”, dice Cueto, asombrado por la participación. “Cultura. ¡Mira eso! Mi corazón palpita. Éstas son las personas para quienes trabajo”.

“Esta es la obra de Fidel Castro”, dice Cruz, en alusión al exitoso esfuerzo de la nación por desterrar el analfabetismo y hacer de la educación algo gratuito y universal.

Cueto se estremece al escuchar cómo se le da a Castro todo el crédito, pero decide no discutir el punto.

Para iniciar el simposio, una banda de jazz interpreta baladas clásicas cubanas. Cueto, en la primera fila, canta. Suspira cuando oye los primeros compases de “Quizás, Quizás, Quizás”, de Osvaldo Farrés. “Quizás, Quizás, Quizás”.

Farrés se fue de Cuba para Nueva Jersey después de la revolución, otro exiliado cuyos motivos fueron cuestionados en su tierra natal y cuya música fue rechazada por un tiempo.

“Ella está cantando una canción de alguien que fue vetado”, dice Cueto en voz baja.

¿Otro ladrillo en el puente?

Quizás.

La carretera desde Camagüey hasta Las Tunas es recta y plana, después de pasar la seca región ganadera y las ocasionales nubes de humo de los ingenios. El libro-móvil de hoy, un pequeño Moskvitch 1986, gatea y gime ante pendientes apenas perceptibles. La medalla de la Virgen de la Caridad pegada al tablero de instrumentos y el cuadro de la Virgen de la Caridad colgado del espejo retrovisor son para la buena suerte, la protección y las propinas, dice el conductor Carlos Alberto De los Ríos Otaño.

A pesar de los talismanes, el Moskvitch se rinde. Mientras que De los Ríos desaparece bajo el capó para cambiar una pieza, un agricultor deambula en un carro tirado por un caballo arrastrando un guacal verde gigante.

Sudando en el sol, Cueto está de buen humor. “Nada es fácil”, dice.

Durante la pausa, hace un balance de su misión. A diferencia de sus otros libros, éste último tiene un  potencial de cobertura mucho más amplio. El título es: “La Virgen de la Caridad del Cobre en el alma del pueblo cubano”. El Cobre es el antiguo pueblo minero de cobre al sureste de Cuba, donde una estatua de la Virgen cargando al niño Jesús se exhibe en una basílica, cuatro siglos después de que la estatua fuera vista flotando en posición vertical y sacada del mar por tres campesinos,  con su ropa milagrosamente seca,  según la leyenda sagrada.

Durante décadas después de la revolución, las actividades de la Iglesia católica se redujeron, pero en la década de 1990, la iglesia y la Virgen empezaron a recuperar  su lugar en la sociedad. En 2012, en una misa especial en la Plaza de la Revolución de La Habana, fue colocada una imagen gigante de la Virgen en la fachada de la Biblioteca Nacional, no muy lejos de los retratos icónicos de los héroes revolucionarios.

Le tomó a un extranjero-nativo como Cueto mostrar, con la ayuda de 1.058 imágenes, cómo la Virgen se ha transformado ampliamente en objeto de arte, música, literatura, danza, televisión, radio, cine y comercialización,  tanto en la isla como para los cubanos en el exilio. En “El Viejo y el Mar”, de Ernest Hemingway, el pescador Santiago prometía visitar el santuario de la Virgen de El Cobre si él lograba atrapar un pez.  (Más tarde, Hemingway depositó su medalla del Premio Nobel en el santuario). En la película cubana nominada al Oscar “Fresa y Chocolate” (1993), sobre la amistad entre un hombre gay y un revolucionario, los personajes se dirigen a las estatuas de la Virgen para obtener ayuda para sus vidas amorosas. El Museo Nacional Smithsonian de Historia Americana posee una Barbie vestida como Cachita por un artista exiliado.

“Emilio es un ejemplo del tipo de persona que uno espera ver surgir ahora”, dice Joel Jover, pintor y escultor en Cuba. Su retrato de la Virgen, hecha de latas de cerveza aplastadas y tapas de botellas – una muestra de la cercanía de Cachita con la gente – está incluido en el libro de Cueto. “Cuba necesita gente que pueda extender un puente para lograr relaciones normales no sólo con los Estados Unidos, sino con la comunidad de exiliados”.

En cada parada del recorrido de Cueto, el afecto por la Virgen y el asombro ante lo que él está tratando de hacer motivan a la gente a promocionar la gira del libro.

“Éste no es un libro”, dice el historiador Víctor Marrero, en la biblioteca de Las Tunas. “Éste es un evento cultural.”

En Matanzas, la presentación de Cueto estuvo acompañada por un coro que cantaba canciones a la Virgen. En Santa Clara, fue entrevistado en la televisión regional y transmitieron un clip nacionalmente.

Al presentarse a sí mismo, Cueto enfatiza siempre que es un exiliado en Washington, y luego adopta la primera persona del plural que evidencia su vínculo con el público: “nuestra cultura”, “nuestro país”.

Finalmente, llega a la Basílica de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, en las afueras de la ciudad de Santiago. Entra en una estancia donde los peregrinos dejan regalos de agradecimiento a Cachita y él deja solemnemente un ejemplar de su libro allí.

Casi de inmediato, un guía turístico abre el libro y empieza a leerlo, absorto. Termina explicando a su grupo que la Virgen es algo que todos los cubanos tienen en común. Este libro, dice, es “un paso más, a través de la historia de la Virgen de la Caridad, para reunir a los cubanos, a los cubanos de aquí y a los cubanos de allá”.

De los 80 o más estudiantes graduados en la clase de Cueto de 1960, en la prestigiosa escuela preparatoria  Belén de La Habana – donde Castro se graduó en 1945 – el 90 por ciento se trasladó al exilio, según el recuento de Cueto. Una tarde reciente, en la Universidad Católica de Washington – donde Cueto se graduó con honores en 1965 – una docena de compañeros y familiares de sus compañeros de clase de Belén se unen a un público de 70 personas para escuchar a Cueto hablar de su libro.

Él también está tratando de cambiar el exilio, un exiliado a la vez. “Llevo un registro de una resurrección lenta de Cuba”, dice. “Algo para informar a mis compatriotas en los Estados Unidos que no es lo que piensan, y que  deberían darle una oportunidad”.

Después de la cena con sus viejos amigos, Cueto regresa a la Emilioteca y a su constante búsqueda de una comprensión más íntima de las repercusiones de un pasado que nunca es pasado.

Se mueve por un estrecho pasillo lleno de libros, en medio de imágenes antiguas de Guevara, del héroe de la independencia José Martí y de Cachita, y regresa a la sección de porcelanas del siglo 19. Recientemente adquirió una placa francesa impresa con una imagen de un sembrador de azúcar cubano al lado de una mujer con una sombrilla.

“Esta es una imagen que me ha estado rondando desde hace 25 años”, dice Cueto.

Va a otra habitación y baja una carpeta de décadas de antigüedad con la etiqueta “Dudas”. Se sienta en un sofá adornado con dos antimacasares que muestran puntos de referencia de La Habana. Detrás de él hay una pieza con una cita de Martí: “La patria es un altar, no un pedestal.”

Busca en la carpeta y se detiene ante una fotocopia: el mismo cuadro de la placa francesa.

“Ahora he encontrado otro país cuya industria de la porcelana incluye una imagen de Cuba”, dice con sosegado triunfo. “Antes de este descubrimiento, Francia no estaba entre las opciones. Para mí es una fuente de alegría saber que mi pequeño país, además de todos los ecos que ha dejado atrás, también dejó una huella aquí”.

Se acerca la medianoche, pero Cueto entra en otra habitación donde su computadora está debajo de un cartel de publicidad de los Ringling Bros. and Barnum & Bailey Circus apareciendo en La Habana en 1950. Luego, revisa las subastas en línea pendientes y descubre que esta noche, por $ 3.50, compró una caja de cerillas antigua.

En la caja de cerillas está impreso “Comedor encantador en Madison”. “Poole’s Cuba Club”.

“Así que ahora tengo una pieza que documenta que, en Madison, Wisconsin, había un Club de Cuba”, dice el exiliado alegremente. “Mira, esto nunca termina”.

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David Montgomery es periodista del Washington Post. Para hacer comentarios sobre esta historia,envía un e-mail a [email protected] o visita washingtonpost.com/magazine.

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