La discapacidad está en la voluntad y no en el cuerpo y voluntad de vivir es lo que se sobra a Manuel Sánchez. Cuando la fuerza interior se vuelve manos es cuando nacen lienzos con olas que se rompen al final de un atardecer, corceles galopando al viento o una barquita navegando río abajo sobre aguas azules y en las riberas una calle de honor de árboles entrando en el otoño.
Sánchez tiene manos, pero un accidente de trabajo hace 19 años le cortó de cuajo el movimiento, el tacto y la fuerza de sus dedos. De todo su cuerpo solo logra mínimos movimientos de sus brazos y sus muñecas y a ellas decidió sacarles no solo la razón de existir, sino la terapia que le ocupa sus días que se traducen en colores y formas de una infancia y juventud que se quedaron en Honduras.
Una especie de brazalete ortopédico alrededor de la mano derecha, al cual con el apoyo de sus dientes se engarza el pincel, Sánchez le pone tonalidades al lienzo. Esta es una experiencia casi colectiva, porque sin la ayuda de Sonia Rodríguez, directora de terapia recreacional, y las asistentes de Shady Grove Center ese pedazo de paño pálido solo sería un retazo sin vida. Ellas lavan los pinceles, ponen la paleta de acuarelas a su alcance, hacen la mezcla de colores y cambian el agua cada vez que es necesario.

SACRIFICIO. Santa Ana el pueblito donde nació, lo plasmó en un lienzo. Fue uno de los trabajos que le llevó más tiempo y esfuerzos.
Era enero del 2000, Manuel Sánchez tenía 23 años y solo hace 18 meses había llegado a Estados Unidos. Era carpintero, estaba arreglando un techo cubierto de nieve en Silver Spring y se resbaló. Despertó con la espina dorsal rota y las promesas de traer a su mujer y su hijo destruidas. “Tres años después aprendí a comer y a cepillarme los dientes”, cuenta Sánchez.
Cinco semanas de terapia intensiva en un centro especializado de Denver, en Colorado, lo hicieron pintor. Las enfermeras le pusieron una cartulina enfrente y allí empezaron sus primeros brochazos. “En mi cabeza tenía la figura de una montaña, no me salió bien”, relata el hondureño. Volvió a una residencia de cuidados permanentes en el área Silver Spring a aprender de nuevo a vivir y a seguir porfiando con el pincel.
Necesitó 18 años de perseverancia para que el pasado 26 de febrero llegara el gran día de su primera exhibición de cuadros que extasiaron los ojos y llenaron la boca de palabras de incredulidad y emoción de los pacientes y familiares del centro donde vive desde hace cuatro años. Sánchez, con sus mejores galas de camisa y corbata, estaba presto para contarles que ese paisaje de fondo es Santa Ana, el pueblito donde nació y correteó siendo apenas un crío.
María Andión lloró al ver ese ocaso del día del junto al mar. Quería comprarlo para colgarlo en la pared de la habitación de su hija Melanie, para que lo aprecie cuando quizá algún día vuelva a casa recuperada de dos derrames cerebrales. “Es que a ella le gusta el color azul y la playa”, dijo María. Sánchez no les pone precio, por el momento ninguno de sus cuadros está en venta. “El cambio de un pincel que a alguien le lleva segundos, a mi me lleva varios minutos, porque tengo que hacerlo con la ayuda de los dientes”, dice. Además sus pinturas son la prueba que le repiten que valió la pena pelear por vivir.
Hasta la sala de exhibición llegó la directora del Centro, Kathy Heflin y con una sonrisa le dijo “¡Buen trabajo, Manuel!”. Heflin explicó a El Tiempo Latino: “Él es un ejemplo para nuestros pacientes de que todo es posible. Estamos aquí para celebrar el resultado de una infinita paciencia y del soporte del personal que le ayuda a mejorar su calidad de vida”. Ella contó que Sánchez está un muy involucrado en las actividades del centro, asiste a las reuniones y siempre está presto a dar su punto de vista.
Para hacerse entender aprendió el inglés. Entre el nuevo idioma, los pinceles, témperas y lienzos no hubo tiempo ni ganas para llorar, porque derrumbarse no estaba entre los planes que le tenía reservado su profunda fe cristiana. “Para él no hay límites. Es alguien que dice lo voy hacer y lo hace. Lo que le admiro es que pese a sus problemas físicos no se cree menos ni más que nadie. Siempre le repito que estoy muy orgullosa de nuestro pintor de invierno”, dijo Rodríguez.