Quienes no la conocen por nombre llaman a esta jovencita diminuta y de bella sonrisa “La Dama de las Mascarillas”. Y es que desde que empezó la pandemia del COVID-19, Christina Simon, de 16 años, vive entre mascarillas. Ha confeccionado y donado más de mil 400 tapabocas alrededor de su comunidad en Reston, Virginia.
No lo ha hecho sola, su madre y hermano son sus principales socios en esta aventura motivada por el amor y cuidado.
“Empecé cuando estábamos en cuarentena y no había donde comprar mascarillas. Entonces decidí que yo podría hacerlas y le pedí a mi abuela que me enseñara a usar la máquina de coser”, contó a El Tiempo Latino, la estudiante de onceavo grado en la Escuela South Lakes.
Cuando tenía 12 años, Christina tomó un curso de costura en el Centro Comunitario de Reston, pero recién este año puso en práctica la teoría. Empezó con tropiezos y frustraciones, pero no se detuvo. “La primera mascarilla me tomó mucho tiempo para hacerla… No me salía y no pude completarla en el primer día”, dijo. Hoy le toma alrededor de 2 horas elaborar una pieza.
Su madre, Rosa Simon contó que les costó varios intentos, dolores de cabeza y hasta pérdidas. “La primera vez rompí la máquina de coser. Conseguimos otra y también la quebré”, contó la mamá, quien emigró de Perú hace más de 20 años.
Las mascarillas tienen un diseño único, con estampados de colores y sobrios. “Hemos ido perfeccionando el molde. Ahora estamos colocando alambre para que la mascarilla se ajuste a la nariz y no deje espacios en blanco.
La familia comenzó donando mascarillas a sus vecinos y colocándolas en pequeñas bibliotecas. En mayo las distribuyeron a un banco de comida, el South Lakes Food Pantry, y desde entonces todos los fines de semana entregan los tapabocas a la gente que llega para recoger alimentos.
Ayudar a los demás corre por sus venas
Ayudar a los demás es parte de la normalidad en el hogar de Christina. “Crecí viendo a mi mamá ayudando siempre a la gente, sirviendo como voluntaria en varios grupos y dando de sí misma sin ningún interés”, expresó la adolescente.
De hecho, Rosa Simon es voluntaria en el banco de comida, donde entrega las mascarillas.
El espíritu de entrega a los demás persiste en esta familia aún en los momentos más difíciles como cuando en 2017, el hermano de Christina,
En toda situación Rosa ve “la mano de Dios”.
“A Christopher lo diagnosticaron después de un examen para detectar sinusitis mediante un CT scan. Por obra divina, pudieron ver el tumor que tenía en el cerebelo desde la toma frontal y lo llamaron el mismo día para más exámenes y determinaron que su estado era muy grave y que solo sobreviviría 48 horas si no lo operaban”, contó la madre. “Le daban 10% de posibilidades de sobrevivir a la operación y gracias a Dios salió bien”, añadió al explicar que le seguiría una serie de radiaciones y quimioterapias por varios meses.
Cuando su hermano estaba siendo tratado por cáncer, Christina y su familia se quedaron en una casa benéfica de Ronald McDonald House. Allí, la adolescente pasó su tiempo ayudando a las otras familias, ofreciéndose a cuidar niños y organizar días de spa.
También todos los días, pasaba horas pintando tazas y vasos que la organización benéfica vendía a los donantes. En la actualidad, Christina, quien tiene la sangre de artista, crea pinturas que se venden en beneficio del Hospital Saint Jude, especializado en tratar cáncer en niños y adolescentes.
Motivada por su hermano
El hecho de que su hermano es sobreviviente de cáncer alerta más a la familia a tener cuidado y protegerse contra el virus.
“Al principio de la pandemia las mascarillas estaban escazas y lo que nos preocupaba era que mi hijo estuviera expuesto”, dijo la madre. “Así que pensamos que, si no hay mascarillas, nos tocaba a nosotros hacerlas y entregárselas a quienes no la tuvieran”, señaló.
Hasta el martes 8 de diciembre ya habían hecho casi mil 500 mascarillas. El reto es terminar el año con dos mil tapabocas.
La madre no ha perdido la actitud positiva
Rosa Simon perdió su trabajo durante la pandemia, y a raíz de ello no pudo pagar la cuota de su automóvil por lo que tuvo que entregarlo de regreso. “Lo perdí, pero ahora gracias a Dios volvimos a conseguir empleo y espero poder comprarme otro auto pronto”, dijo. “Hay gente que está pasándola muy mal y hay que ayudar”, indicó.
Donaciones
La familia distribuye las mascarillas sin costo alguno; aunque hay personas que quieren contribuir a la causa y se las compran. “Nosotros no lo hacemos por dinero, sino porque creo que todos debemos contribuir para poder salir de esta crisis”, dijo Rosa Simon.
La madre dice que no reciben una remuneración económica pero sí un pago que no tiene precio: el estar unidos, enfocados en un mismo objetivo y creando lazos más fuertes. “Mi mamá, mi hermano y yo nos hemos unido mucho más durante este tiempo”, dijo Christina.
Sin embargo, el presupuesto de la familia se ha visto afectado, sobre todo en el pago de la energía eléctrica. “El costo de la electricidad se nos ha duplicado.
De $70 que pagaba antes, ahora la factura viene por más de $140”, dijo.
Quienes quieran cooperar con Christina y su familia pueden contactarla escribiendo al correo electrónico: rosaasimony@hotmail.com.