José Loya no podía creer que estaba vivo. “No sé cómo estoy contando esta historia”, dijo.

Loya es venezolano y llegó a Estados Unidos la semana pasada, tras una travesía de dos meses a través de diez países en Centroamérica y Suramérica.

Como parte de su viaje, Loya tuvo que atravesar el tapón del Darién, una densa selva tropical entre Colombia y Panamá, considerada una de las rutas de inmigrantes más peligrosas del mundo. Es el único punto donde una red de autopistas que conectan 14 países -desde Chile hasta Estados Unidos-,  se corta. 

“Sobreviví el infierno verde”, dijo Loya, refiriéndose al tapón del Darién. “Tienes que subir por montañas empinadas, ir por caminos pantanosos, ríos caudalosos… caminábamos casi doce horas al día”, añadió Loya. “Yo ví cadáveres, una niña de dos años sin padres, y escuché muchas historias desmoralizadoras”.

Loya, de 42 años, admitió que no es fácil para él hablar de su experiencia. “Hay muchas cosas que ni siquiera quiero recordar, pero lo peor fue no poder confiar en nadie. Vi lo peor del ser humano”, dijo.

Loya comenzó su viaje en Perú, donde contó que estaba viviendo con su esposa y su hija de 5 años. “La pandemia golpeó fuerte en Perú”, dijo. “Tenía trabajo, pero era difícil llegar a fin de mes”. Loya habló desde la casa de un amigo en West Virginia, donde está alojado temporalmente.

“En Perú te discriminan por todo”, dijo. “Por tu nacionalidad, por tu educación, por tu manera de hablar. Por todo. No puedo generalizar, pero sentí ese rechazo muchas veces”. 

En enero, Loya decidió emprender su viaje a los Estados Unidos por tierra. Tomó varios autobuses hasta Necoclí, un pueblo en el norte de Colombia donde cientos de migrantes se aglomeran a diario para iniciar su travesía por el tapón del Darién.

Los guías cobran diferentes precios dependiendo de la ruta. Hay tres, y Loya dijo que él escogió la más económica, que es también la más difícil y larga. “Te das cuenta de que no sabes si puedes confiar en los guías, no sabes si en realidad te pueden dejar abandonado por ahí, o entregarte a delincuentes que te pueden robar, o incluso matar”, dijo. “Esa sensación de desconfianza me acompañó durante todo el camino”. Loya demoró una semana en cruzar por el tapón del Darién.

El número de personas de todo el mundo que están tomando esta ruta ha disminuido significativamente en los últimos seis meses, de acuerdo con datos del gobierno de Panamá. Sin embargo, llama la atención el número creciente de venezolanos ha venido haciendo la riesgosa travesía desde principios de 2022. 

Dos mil quinientos venezolanos cruzaron el Darién en enero y febrero de este año. Eso es casi el mismo número de venezolanos que cruzaron en todo el 2021 (2,819). 

La mayoría de ellos tienen como destino final los Estados Unidos, de acuerdo con Jessica Bolter, analista de políticas en el Migration Policy Institute. 

Bolter señaló que muchos venezolanos estaban viajando a México en avión hasta enero, cuando el gobierno mexicano comenzó a pedir visas a los turistas venezolanos.

“Esa decisión tuvo mucho impacto en el movimiento migratorio de los venezolanos hacia Norteamérica”, dijo Bolter. “Ahora que esa ruta está cerrada, algunos de los migrantes más desesperados han decidido llegar por tierra”.

El número de venezolanos que se presentaron en la frontera sur de Estados Unidos decreció dramáticamente desde que México comenzó a pedir esta visa, de 22,799 personas en enero a 3,072 en febrero. “Esto sugiere que estaban aprovechando que podían entrar a México como turistas y después viajaban al norte. Pero ahora, parece posible que el Darién sea una nueva ruta para los venezolanos”, indicó Bolter. 

Además de México, todos los países de Centroamérica, desde Panamá hasta Guatemala, requieren visa a los turistas venezolanos. 

Estas limitaciones están atrayendo a migrantes a caminos más riesgosos, de acuerdo con Sibylla Brodzinsky, portavoz de la Alta Comisión de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). 

“Una visa no elimina la necesidad de encontrar seguridad o estabilidad en otro lugar. Sólo lo hace más peligroso”.

Brodzinsky explicó que el tapón del Darién está controlado por miembros de guerrillas y grupos de crimen organizado.

“Ellos frecuentemente roban a los viajeros. Hemos visto incidentes de abuso sexual a mujeres, y al menos 50 personas fueron reportadas fallecidas en el lugar el año pasado. Debe haber muchas más que no se han reportado”.

Muchos fallecen de manera natural, por ejemplo, se desvanecen o se caen, o les pica una serpiente venenosa pero nadie les va a dar atención, dijo Brodzinsky. Es común que la corriente de agua se los lleve.

Brodzinsky dijo que cerca de la mitad de los venezolanos que atravesaron el Darién en 2022 vivían previamente en otros países en Sudamérica, como Chile, Perú o Colombia.

“Las restricciones relacionadas con la pandemia afectaron mucho la economía informal”, dijo Brodzinsky. “Y los refugiados y emigrantes en América del Sur generalmente trabajan en la economía informal. Con la pandemia, no solo aumentaron sus necesidades, sino también las necesidades de las familias a las que envían dinero en sus países de origen”.

La portavoz de ACNUR añadió que a esto se añade que muchos inmigrantes en Sudamérica se sienten discriminados por motivos de raza, clase o nacionalidad. “Un factor importante a considerar son las crecientes expresiones de xenofobia que los extranjeros sigue experimentando en diferentes países”, dijo.

En el caso de Loya, atravesar la selva no fue la única parte difícil de su viaje.

El venezolano contó que fue secuestrado por coyotes cerca de la frontera entre Honduras y Guatemala, y su familia tuvo que enviar cuatrocientos dólares por su rescate. 

También dijo que tuvo que desembolsillar dinero para funcionarios de inmigración constantemente en casi todos los países por los que pasó.

Una vez en el norte de México, Loya contó que cruzó a nado el Río Grande y llegó sano y salvo a Texas.

Ahora está solicitando asilo en Estados Unidos y tratando de traerse a su esposa y a su hija de 5 años.

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