El presidente Joe Biden debería sincerar la situación internacional de EEUU, ajustando el comportamiento de la nación a las mismas reglas que pretende aplicar a los demás países. FOTO: EFE/EPA/YURI GRIPAS / POOL.

El resto del mundo puede ver que las naciones poderosas formulan reglas abstractas y Estados Unidos sólo las aplica de manera selectiva.

Cuando Donald Trump llegó a la presidencia de Estados Unidos, sus críticos pronunciaron la muerte del orden internacional liberal.  La abreviatura "LIO" (liberal international order) se extendió como un sarpullido en los think tanks y las páginas de opinión.  Su funeral fue tan prematuro como parroquial.  Al igual que el Sacro Imperio Romano, que no era sacro ni romano, ni tampoco un imperio, el orden internacional liberal siempre fue más occidental que mundial, y a menudo no logró mantener el orden. La invasión rusa de Ucrania ofrece la oportunidad de reconsiderar este concepto, en gran medida occidental.

Joe Biden tiene razón al describir la guerra de Vladimir Putin contra Ucrania como una amenaza mortal para un mundo basado en normas, especialmente en Europa. Si Putin triunfa, legitimará la ley de la selva, en la cual los países grandes pueden anexarse impunemente a los más pequeños.  Pero Biden pasa por alto una realidad que el resto del mundo no puede dejar de ver. Las normas abstractas son concebidas por los poderosos, pero solo se aplican de forma selectiva. Solo Estados Unidos tiene los medios para mantener el LIO.

A veces, como en el caso de Serbia, Irak, Libia y la guerra global contra el terrorismo, Estados Unidos no cumple las reglas que en gran medida ha establecido. Otras veces, como en el caso de Ucrania, Estados Unidos cree que vale la pena aplicarlas. La tensión llega a su punto álgido con las crecientes insinuaciones, incluso por parte de Biden, de llevar a Putin a juicio por crímenes de guerra y genocidio según el derecho internacional.  Existen precedentes.  El exgobernante serbio Slobodan Milosevic murió antes de que pudiera pronunciarse un veredicto en La Haya.  Charles Taylor, el jefe militar de Liberia, fue declarado culpable. El caso de Putin, que es mucho más grave, evidencia dos problemas que son específicamente estadounidenses.

El primero es que Estados Unidos no es miembro de la Corte Penal Internacional.  El Senado estadounidense se negó a ratificar la participación de Estados Unidos por temor a que el tribunal se utilizara para castigar supuestos crímenes de guerra cometidos por soldados estadounidenses en Irak, Afganistán y otros lugares. Incluso los países más pro-Occidente pueden ver el evidente problema con las “normas que son para ti pero no para mí”.  Lo mismo ocurre con el Derecho del Mar de la ONU, al cual Estados Unidos quiere que China se atenga en el Mar de la China Meridional y más allá a pesar de que se ha negado a adherirse. El segundo es la capacidad de Estados Unidos de llevar a juicio a un futuro Putin destituido. Eso significaría imponer un cambio de régimen a Rusia, lo cual es poco práctico y sería ilegal según la legislación de la ONU (a menos que Rusia votara para excluirse). Muchos en Oriente Medio sueñan con llevar a George W. Bush a juicio por los supuestos crímenes de guerra cometidos en Irak. El hecho de que ésto es una fantasía refleja la frustración que sienten los no occidentales con el sistema de reglas globales.

Los juristas debatirán el tipo de reformas que podrían dar vida al orden basado en normas. Hace tiempo que se necesita un nuevo acuerdo, pero es difícil de imaginar. Pero la conclusión es que el sistema es tan bueno como la hegemonía que lo sostiene. La extralimitación de Putin en Ucrania y los errores de China en su propio país, sobre todo en la mala gestión de la pandemia de Covid, han dado a Estados Unidos un nuevo aliciente como líder del mundo. La oportunidad de Estados Unidos para reafirmar el liderazgo mundial ha abierto una grieta, pero se cerrará. Es probable que la Rusia después deUcrania y China después del Covid intensifiquen sus esfuerzos para socavar el LIO.

Biden tiene la oportunidad de mostrar la mejor cara de una superpotencia que podría ganar una legitimidad global mucho más profunda. Se enfrenta a dos retos. El primero es convencer a los estadounidenses de la urgencia. La situación de Ucrania ha despertado sentimientos de solidaridad con un pueblo lejano. A medida que la guerra se normaliza y sus costos aumentan, los electores occidentales vuelven su atención a problemas más cotidianos. Pero la hegemonía mundial nunca fue un producto de los focus groups de votantes. Dada la repulsión bipartidista contra Putin, Biden tiene una oportunidad excepcional de ratificar la adhesión de Estados Unidos a la CPI. Eso enviaría un mensaje contundente al mundo de que Estados Unidos está superando la doble moral.

El segundo es proteger a Occidente de sí mismo. Puede que Putin sea incapaz de imponer su voluntad en el campo de batalla, posiblemente incluso en el este de Ucrania. Pero la reelección de un Trump anti-OTAN en 2024 es un espectro al que se aferrará el líder ruso. Ninguna hegemonía en la historia del mundo ha sido globalmente democrática. A pesar de todas sus hipocresías, los valores occidentales ofrecen lo más parecido a la justicia universal que el mundo ha visto.  Pero solo perdurarán si Occidente los aplica para sí mismo.  Estados Unidos ya no puede permitirse ser selectivo.  O todos se someten a las reglas o acabarán en el basurero de la historia.

Edward Luce

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