Por Cindy Nava, Senadora Estatal de Nuevo México, Distrito 9
Soy la orgullosa hija de un trabajador de la construcción y de una trabajadora de limpieza. Mis padres llegaron a Nuevo México con una convicción sencilla pero poderosa: que con trabajo duro y sacrificio se podía construir una vida estable para la siguiente generación. Hace cinco años, ese sueño tomó un significado profundamente personal cuando me convertí en la primera persona de mi familia en ser propietaria de una vivienda en Nuevo México.
Pero al mirar a mi comunidad y a nuestro país, veo que la plataforma de ese sueño se está fracturando. Y no se trata solamente del aumento en el costo de la tierra o de las tasas de interés; se trata de la realidad implacable y acelerada del cambio climático. Para la comunidad latina, el cambio climático no es un debate lejano de política pública ni una crisis que solo vemos en las noticias; es un “triple impuesto” que ya está poniendo en riesgo nuestros hogares, nuestra salud y el futuro de nuestras familias.
Los latinos somos el motor de la economía estadounidense y los principales impulsores del mercado de vivienda. Se proyecta que representaremos el 70% de los nuevos propietarios de vivienda en las próximas dos décadas. Sin embargo, muchas de esas familias estamos invirtiendo en un mundo donde el clima es cada vez más inestable, más extremo y más peligroso.
Debido a decisiones del pasado y a las crecientes dificultades para acceder a una vivienda asequible, muchas familias latinas viven de manera desproporcionada en comunidades con mayor riesgo climático, enfrentando pérdidas estimadas en 3.1 mil millones de dólares al año por daños a sus hogares.
Cuando tu hogar es tu único patrimonio importante, una evacuación por incendio forestal o un sótano inundado no es solo una molestia; es la desaparición de décadas de trabajo. Estamos pidiéndole a la próxima generación de la clase media estadounidense que invierta su futuro en algunas de las tierras más vulnerables del país.
En mi estado de Nuevo México y en todo el suroeste urbano, esta crisis se mide en grados. Vemos todos los días una “desigualdad térmica”: comunidades latinas que son hasta 13 grados Fahrenheit más calientes que códigos postales más adinerados y llenos de árboles que están a solo a unas millas de distancia.
Eso crea una carga energética devastadora. Más del 40% de los hogares latinos se ven obligados a elegir entre pagar por el aire acondicionado que puede salvar vidas o poner comida en la mesa. Durante mi tiempo como Asesora Principal de Política en el Departamento de Vivienda y Desarrollo Urbano de Estados Unidos (HUD), vi cómo la promesa de vivienda asequible se vuelve vacía cuando una casa se convierte en una trampa de calor que termina arruinando a la familia que vive dentro de ella. Y finalmente, enfrentamos la amenaza de la gentrificación climática o el desplazamiento climático.
A medida que sube el nivel del mar y el calor se vuelve insoportable, las zonas más elevadas — históricamente comunidades de menores recursos — se están convirtiendo en el nuevo mercado inmobiliario de alto valor. Estamos viendo cómo comunidades latinas de generaciones enteras están siendo desplazadas mientras inversionistas buscan refugio en códigos postales más seguros. Esta es una forma moderna de exclusión, impulsada no sólo por políticas, sino por la presión ambiental.
No podemos resolver la crisis nacional de vivienda mientras millones de familias sigan viviendo en comunidades que no están preparadas para enfrentar los impactos del cambio climático.
Por eso necesitamos más esfuerzos como la Ley de Reducción de Carbono Industrial, aprobada en Nuevo México. Al enfocarnos en reducir las emisiones de los materiales que utilizamos — como el cemento y el acero que mi padre ha manejado en las obras de construcción — podemos crear viviendas que sean sostenibles y duraderas.
Mi camino, de ser una joven indocumentada, recipiente de DACA, a convertirme en ciudadana estadounidense y Senadora Estatal, me enseñó que los cimientos del éxito también deben ser protegidos.
Si permitimos que el cambio climático siga debilitando la estabilidad de la propiedad de vivienda en las familias latinas, estaremos cerrando la puerta del Sueño Americano para el sector de más rápido crecimiento de nuestra población.
Es momento de construir un “Sueño Americano preparado para el clima” — uno en el que el código postal de una familia no determine su vulnerabilidad, y donde la riqueza que construimos hoy no sea arrasada por las tormentas del mañana.