La flamante juez de la Corte Suprema de EEUU, Ketanji Brown Jackson conversa durante su primer día en su nuevo cargo vitalicio con el juez en jefe del Tribunal más alto del país, John Roberts. FOTO: EFE/EPA/SHAWN THEW.
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La parálisis tóxica en el país demuestra que una nación puede ser rica pero ingobernable.

Una señal clave de una potencia que se debilita es que su moneda pierde valor. Gran Bretaña, al igual que la antigua Roma, podría contar un par de historias al respecto. Según este criterio, Estados Unidos está cerca de un pico imperial. El euro está demasiado fragmentado y el Yuan chino demasiado restringido como para amenazar la primacía del dólar. El Bitcoin es una estafa piramidal. Sin embargo, la ciencia política nos dice que Estados Unidos está más dividido que en cualquier otro momento desde la víspera de su guerra civil en la década de 1850. ¿Podría estar desafiando las leyes de la gravedad histórica: un estado fallido que supera a sus rivales?

La respuesta es sí, por el momento. Una nación puede ser a la vez rica e ingobernable durante largos períodos. Bélgica es el último país que alguien compararía con Estados Unidos, que ha sido calificado como el “Estado fallido” más rico del mundo. Sin embargo, la política de EEUU se parece cada día más a la de Bélgica.

A diferencia de Estados Unidos, Bélgica está dividida en bloques lingüísticos, el francés y el flamenco. Tal es su desconfianza mutua que la mayoría de las decisiones se toman a nivel local. La vida continúa durante meses, incluso años, sin un gobierno. Lo que salva a Canadá de un destino similar es que el Quebec francófono es una región demasiado pequeña proporcionalmente.

Con un idioma indiscutible, Estados Unidos debería estar libre de esa parálisis. Sin embargo, la brecha cultural entre los estados azules y rojos de Estados Unidos es tan incomprensible como cualquier barrera lingüística.

La separación de poderes en Estados Unidos pasó de ser una fortaleza a una debilidad. La Corte Suprema estadounidense es ahora una segunda legislatura que elabora leyes de dominio exclusivo de asambleas elegidas en otros lugares. Los jueces de la Corte Suprema son vitalicios e invocan a los padres fundadores hace mucho fallecidos para justificar su labor legislativa. La Corte estará bajo el control de la América roja durante las próximas décadas. Su mayoría conservadora puede estar vengándose de la Corte Suprema liberal de los años 60 y 70, que fue pionera en "legislar desde el estrado". En cualquier caso, el derecho estadounidense ya no está por encima de la política. La Corte está ahora tan mal valorada en las encuestas de opinión como otras instituciones.

Veremos otra muestra de parálisis gubernamental durante los próximos dos años si los demócratas pierden el control del Congreso en las elecciones de mitad de mandato en noviembre. De nuevo, esto sería una señal de impotencia, no de fuerza. Una superpotencia que se enfrenta a retos nacionales, incluso mundiales, no debe engañarse pensando que Albany o Austin, y mucho menos Little Rock o Springfield, son los lugares adecuados para abordarlos.

La mayor parte del éxito inesperado de Joe Biden desde julio, incluido su gran proyecto de ley de energía verde, sería revertida por el próximo presidente republicano, sea o no Donald Trump. La hostilidad entre las dos “Américas” ha creado una mentalidad existencial que ha hecho de su constitución un lastre. Sería más fácil convertir a Estados Unidos en un país francófono que modificar su constitución.

Los bandos que se acusan entre sí en Estados Unidos se parecen mucho más a los grupos lingüísticos de Bélgica que, digamos, a los votantes conservadores y laboristas de Gran Bretaña. Por muy malo que resulte un presidente estadounidense, su porción de los votos tiene un piso alto y un techo bajo. Trump obtuvo el 47 por ciento en 2020. Sólo en las dos últimas semanas, la ventaja de los laboristas sobre los conservadores británicos en el poder pasó de algo más de cerca de 13 por ciento a más del 30 por ciento. Esta fluidez es inconcebible en los Estados Unidos de hoy. Sin embargo, el poder global de Estados Unidos creció en los últimos dos años.

Hay dos razones para ello. La primera es que el principal rival de Estados Unidos está en peor condición. Lo que es cierto para el Dólar también lo es para la geopolítica. La China de Xi Jinping ya no es la estrella del alto crecimiento en la economía mundial. Xi también se aleja lo más posible del consentimiento de los gobernados, que es la base de cualquier consenso político duradero. Aunque la economía china aún superará a la estadounidense en los próximos años, será un país envejecido y acosado por los desafíos internos. Comparado a China, Estados Unidos se ve bien. Eso no es mucho, excepto en términos de poder, que es relativo.

La segunda razón es Vladimir Putin. Pocas veces una hegemonía fue tan bendecida con un enemigo tan torpe como lo es Estados Unidos con Putin. La invasión de Ucrania por parte del autócrata ruso pasará a la historia como uno de los errores más fatídicos de la historia militar, comparable a la invasión de Rusia por parte de Napoleón o Hitler en invierno. De un plumazo, la agresión de Putin devolvió a Occidente el sentido de sí mismo y colocó nuevamente de líder de Estados Unidos. El hecho de que la Rusia de Putin sea cada vez más un problema para China es una ventaja adicional.

Por el momento, el poder relativo de Estados Unidos es ascendente. El riesgo es que sucumba a uno de sus ataques de triunfalismo global. Eso sería un error. Sus divisiones son cada vez más susceptibles de ser explotadas por extranjeros a través de sus socios locales. Estados Unidos sigue dominando el mundo, pero su yugular también está muy expuesta.

Edward Luce

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